La agonía de escribir

“Being a writer is an act of perpetual self-authorization. – Verlyn Klinkenborg”

¿Qué significa ser escritor? me pregunto cada vez que destrozo borradores en papel y le doy una y otra vez a la tecla que desaparece en cuestión de segundos una cantidad infinita de primeros párrafos frustrados. DELETE. DELETE. DELETE.

Tal vez la pregunta correcta debería ser ¿qué implica ser escritor?¿qué cualidades debe tener alguien que se precie de ser tal?¿Debe ser un erudito? ¿un as con las palabras? ¿un diccionario caminante? ¿una gusano de biblioteca?

Me pregunto qué implica ser un escritor cada vez que sentada frente a la pantalla no encuentro cómo acomodar las palabras para encajar un manojo de ideas en un párrafo más o menos coherente.

Pienso en los textos que leo a diario, en los artículos periodísiticos o en los libros de ensayos y surge otra vez la cuestión: ¿cómo hace esta gente para articular en un par de oraciones ideas tan complejas sin querer tirarse por la ventana cada vez que se sientan a escribir?

Buceo un rato por internet y me encuentro con que este “problemita” de querer tirarse por la ventana parece ser una dolencia común a todos los escritores. Suspiro. No soy sólo yo.

Me alivia un poco pensar que no es que existe gente que anda por ahí vomitando párrafos. Me entero de que más allá del extendido síndrome del “writer’s block” que nos agarra a todos de vez en cuando, es más común aún la convivencia con cierta aberración a la tarea de escribir, una especie de miedo que parece poner en duda hasta la última certeza.

Ilógico, podría pensansarse, tratándose de gente que proclama amar las palabras enfrentar tantas dificultades a la hora de poner por escrito un par de conceptos.

Pero es cierto. A pesar de ser criaturas discursivas que dependemos de la comunicación para vivir en sociedad, cierto ejercicio de esa comunicación, la escrita, pareciera implicar el desempeño de un virtud con la que, por lo visto, no todos hemos nacido.

Sigo buceando. Austin Kleon, autor que reflexiona a menudo sobre ese proceso agónico que implica el escribir y sobre las excusas que nos inventamos para no tener que enfrentarnos a esta tarea me hizo pensar en si no será que nos tomamos demasiado en serio esto de poner por escrito lo que pensamos.

¿Será la malsana compulsión de comparar nuestras ideas con las de aquellos escritores que admiramos lo que nos previene de exponer nuestras tímidas elucubraciones al juicio de los otros? Tal vez.

Ese miedo, sin embargo, es enemigo de nuestro progreso y de nuestra posibilidad de dar un orden a nuestras ideas, ya que toda vez que trasladamos al papel aquello que pensamos nos obligamos a reflexionar y a desarrollar simples ocurrencias en conceptos más elaborados.

Es por eso que en ese mismo ejercicio de articular oraciones es en donde se inicia el proceso de aprendizaje.

Pero no me quedo conforme aún y sigo buscando. Un poco por curiosidad por saber cómo enfrentan otros escritores este problema, otro poco para tratar de entender cómo funciona mi mente.

“Escribir – anuncia Verlyn Klinkenborg en su libro Several Short Sentences About Writing – implica trabajo duro”. Si lo sabré…

Me siento a gusto con la idea de este escritor que a lo largo su libro propone la escritura casi como una actividad artesanal en la que el detalle importa tanto como el sentido general aunque no tanto la forma en sí, sino más bien la claridad con la que exponemos lo que queremos decir.

“El trabajo del escritor es el de crear oraciones”. Con sentido no sólo a nivel de significado sino también sintáctico. Es deber del escritor, explica, el crear oraciones claras, y en lo posible cortas, que permitan retener la confianza, el interés y el deseo del lector.

Pero fundamentalmente escribir, continúa Klinkenborg, implica desaprender esa tendencia propia de la escuela formal que tiene a desalentar el prestarle atención a nuestras ideas y descubrimientos por considerarlos desautorizados, faltos de evidencia y argumentos.

Conlleva el trabajo de perderle el miedo a pensar por nosotros mismos y el estar alertas a nuestros propios intereses y a aquellos temas que nos llaman la atención, porque si notamos algo, es porque ese algo tiene importancia.

Ser escritor, pienso siguiendo a Verlyn, implica permitirse explorar el mundo guiándonos por el conjunto de percepciones que vamos desarrollando a medida que nuestra curiosidad nos empuja a ir por caminos cada vez más intrincados pero no por ello menos interesantes.

Animarse a poner en palabras nuestras ideas implica asumir que no todo está escrito porque cada uno es dueño de sus propias apreciaciones y sensaciones y ha descubierto gracias a ello una inusual manera de conectar ideas. Es arriesgarse a crear un nuevo lenguaje que no necesariamente debe suerfear sobre temáticas y estructuras ya desarrolladas por otras voces ya autorizadas.

“Being a writer is an act of perpetual self-authorization. No matter who you are. Only you can authorize yourself. You do that by writing well, by constant discovery.” – Verlyn Klinkenborg

Implica descubrir nuevas maneras de contar el mundo como sólo uno mismo lo puede describir, bajo la mirada que asoma tras una mente curiosa plagada de innumerables ocurrencias e inquietudes infinitas.

Será escritor, entonces, todo aquel que se lance no sin un poco de vértigo a la inmensa tarea de capturar el universo en un puñado de palabras para explicarse a sí mismo y a los demás de qué se trata la aventura de vivir.

¿Cómo escribo? (Fragmento)

Escribo a mano, y hago muchas, muchas correcciones. Diría que tacho más de lo que escribo. Tengo que buscar cada palabra cuando hablo, y experimento la misma dificultad cuando escribo. Después hago una cantidad de adiciones, interpolaciones, con una caligrafía diminuta. Llega un momento en el que ni siquiera yo mismo puedo descifrar mi letra, así que uso una lupa para ver lo que he escrito. (…)

Mis páginas están siempre cubiertas de tachaduras y revisiones. En una época hacía una cantidad de versiones manuscritas. Ahora, después de la primera versión, manuscrita y llena de tachaduras y agregados, empiezo a mecanografiar, descifrándola sobre la marcha. Cuando finalmente releo la versión mecanografiada, descubro un texto absolutamente distinto, al que con frecuencia vuelvo a revisar. (…) Envidio a esos escritores que pueden seguir adelante sin corregir.

(…) Soy muy lento para arrancar. Si tengo una idea para una novela, encuentro todos los pretextos concebibles para no trabajar en ella. Si estoy abocado a un libro de relatos o de textos breves, me lleva un tiempo empezar cada uno de ellos. Hasta en el caso de los artículos soy lento para empezar. Hasta con los artículos para los periódicos siempre tengo el mismo problema para encaminarlos. Una vez que empecé, puedo ser muy rápido.

(…) Cuando escribo un libro que es pura invención, siento un anhelo de escribir de un modo que trate directamente la vida cotidiana, mis actividades e ideas. En ese momento, el libro que me gustaría escribir no es el que estoy escribiendo. Por otra parte, cuando estoy escribiendo algo muy autobiográfico, ligado a las particularidades de la vida cotidiana, mi deseo va en dirección opuesta. El libro se convierte en uno de invención, sin relación aparente conmigo mismo y, tal vez por esa misma razón, más sincero.

Italo Calvino

Photo by Noémi Macavei-Katócz on Unsplash


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