¿Sueñan los androides con picassos?

¿En qué se parece un ser humano a un puñado de plaquetas interconectadas revestidas de piel sintética?

La pregunta resultaría absurda si hoy, en 2021, no tuviéramos la posibilidad de asistir al desarrollo de macanismos de inteligencia artificial que, mediante una combinación algorítmos y tecnologías de simulación, intentan replicar la inteligencia y la biología humanas.

En el empeño por entender cómo funcionamos las personas el mundo se ha lanzado a una carrera frenética por intentar replicar al súper humano, un androide capaz de lucir, pensar y por qué no también sentir, como lo hacemos la gente de carne y hueso.

Y casi como un desafío a nuestras propias posibilidades, estos androides que año a año asombran por sus increíbles y terroríficos parecidos son capaces de emular gestos, expresiones y diversas habilidades humanas que van desde la capacidad de jugar ajedrez hasta tocar música o pintar.

Haciendo uso de complejas intrucciones que subyacen en la base misma del “cerebro” de estos robots humanoides y de algorítmos de machine learning, programas de reconocimento objeto/ facial y de reconocimiento también de voz, estas nuevas critaturas cibernéticas están codificadas para aprender imitando los comportamientos de los objetos y personas a su alrededor y a una velocidad espeluznante.

Tal es el caso de AI-DA, la primer robot artista, que hace apenas unas semanas presentó su primera exposición de arte en el museo de diseño británico, en el que pueden observarse desde pinturas de estilo abstracto, hasta increíbles autoretratos.

Con un aspecto que de no muy lejos podría confundirse con el de una persona cualquiera, de no ser por sus brazos robóticos, AI-DA asombra no sólo por su capacidad de dibujar todo aquello que se planta frente a ella gracias a las cámaras insertas en sus ojos que pueden reconocer detalles a increíble nivel de minuciosidad, sino también porque plantea un intenso debate acerca del papel que desempeñarán este tipo de tecnologías en la sociedad del futuro.

Y aunque lejos de constituirse en organismos de inteligencia aritificial per se, “con vida propia”, estos robots capaces de realizar diversas actividades humanas nos plantean la pregunta acerca de cuáles serán aquellas características que en el futuro primarán como específicamente humanas y que nos distinguirán de unos robots cada vez más hábiles y mejores que nosotros mismos. Como dijo el creador de AI-DA, Aidan Meller, a The Guardian:

“Estas imágenes (los cuadros de AI-DA) están destinadas a inquietar. Están destinados a plantear preguntas sobre hacia dónde vamos. ¿Cuál es nuestro papel humano si tanto se puede replicar a través de la tecnología? No es solo una cuestión de empleos, es más importante. El objetivo es fomentar un debate público sobre estos temas en lugar de permitir que los inversores tomen ventaja sobre todas las diferentes tecnologías “.

En una era en donde la digitalización es parte de la vida cotidiana, las conversaciones con chatbots son moneda corriente y la tecnología gana terreno cada vez más al punto de mediar no sólo en nuestras relaciones interpersonales, sino también en la forma en que nos percibimos a nosotros mismos, plantear el debate acerca de cómo nos relacionamos y nos vemos afectados por ella resulta fundamental.

Hoy se vuelve confuso, si no difícil, descubrir qué actitudes y decisiones nuestras no están influenciadas por un conjuto de algorítmos codificados en el mundo virtual.

La virtualidad se ha convertido en un mundo paralelo en el que habitamos a toda hora al punto a veces de no distinguir entre la realidad física y aquella que transcurre a través de nuestros dispositivos de silicona y litio.

Mientras nos sumergimos cada vez más profundo en ese ambiente de 0 y 1 que nos abstrae de lo real, nuevos seres cada vez más parecidos a nosotros emergen a la superfie para ocupar allí el lugar dejado por nuestro cuerpo inerte que languidece pegado a una pantalla.

AI-DA, Mesmer y Sophia han llegado para mezclarse cada vez más entre nosotros y entre nuestras vidas cada día más dependientes de una tecnología que evoluciona de manera vertiginosa.

Ante este panorama inexorable surgen las inevitables preguntas: ¿cuál será el rol de estas nuevas máquinas en nuestra vida? ¿podrán igualar nuestra inteligencia? ¿se resignificará el valor del arte como actividad intrínsecamente humana? ¿conviviremos en el futuro con robots como lo hacemos con los demás miembros de la sociedad? ¿quién será responsable de sus acciones?¿en qué aspectos de nuestra vida impactará su desarrollo?


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