El cultivo de la indiferencia en la era del vacío

automat - edward hopper

“Lo paradójico es que a través de esa pantalla parecemos estar conectados con el mundo entero, cuando en verdad nos arranca la posibilidad de convivir humanamente, y lo que es tan grave como esto, nos predispone a la abulia.” — Enesto Sábato en La Resistencia

El virus de la indiferencia ha infectado nuestras vidas. En un contexto de tragedia global, de incertidumbre y de improvisación constante, la existencia discurre en un deambular adormilado por la sobreexposición a toneladas de información, humor facilista y la tendencia consumista de acaparar sin límites en un intento por llenar el vacío antes ocupado por el pensamiento crítico, la contemplación, la esperanza de futuro y la confianza en el progreso comunitario.

El solipsismo, la sensación o creencia de que tal vez lo que creemos como realidad exterior puede que no exista, se ha eregido como la norma que rige al individuo, quien ante la experiencia del propio tiempo como un devenir sin principio ni fin, habita el mundo sin correrse del límite que conforman las paredes de su mente.

La pandemia y la consecuente necesidad de vivir aislados del otro en vistas de proteger la salud ha supuesto el quebrantamiento definitivo de la vida ordenada, de la estructura temporal como ordenador de la experiencia y cada vez se torna más difícil mantener un ritmo acorde a las necesidades biológicas.

El tiempo ha sido pulverizado como consecuencia del convivir paralelamente en un mundo virtual que no conoce fronteras ni husos horarios, donde los acontecimientos se suceden unos tras otros como balas disparadas por un metralleta infinita.

Todo tiene relevancia durante los pocos segundos que dura la atención en la pantalla. De esta manera, los hechos pierden importancia y los sucesos, buenos o malos, alegres o atroces, son desprovistos de sentido y de su capacidad para generar emoción alguna: la guerra, el hambre, la injustica o las epidemias, todo se relativiza impulsado por la aceptación y por la costumbre de acceder a la realidad siempre a través de un vidrio siliconado, de una representación tecnicolor.

La imagen, aquella que durante la modernidad constituyó el elemento fundamental a través del cual apelar al sentimiento y al corazón del inidividuo, hoy a perdido su capacidad movilizante en su aspecto más profundo. Su reinado se mantiene en pie aún, claro está, pero su capacidad de significación y condensación ha mermado notablemente.

El consumo obseno y fugaz de estas representaciones hace necesaria la producción incesante de imágenes interactivas capaces de ganarse la atención de un espectador cada vez más disperso y difícil de cautivar.

Como entes que vivencian la realidad a través de la pantalla, el mundo se ha vuelto para el humano un lugar que ha perdido todo el atractivo de ser explorado porque la exitación del vivir transcurre ahora por medio del ejercicio del observar sin discresión la vida fabricada de los otros.

Nada es tan excitante, feliz y espléndido como la vida virtual de los otros quienes, con ojo cinematográfico, componen fragmentos de la vida cotidiana para presumir de ellos en redes que opacarán aquellos momentos tan pronto como la pantalla se actualice para mostrar más contenido vacío.

El consumo compulsivo de imágenes efímeras, el aislamiento obligatorio y también el auto-impuesto, junto con la existencia solipsista convierten al individuo en un ser absorto en sí mismo, dedicado a la explotación de su personalidad y a la satisfacción de sus deseos cada vez más difusos y cambientes, sugeridos por una moda y estilo de vida volátiles.

La indiferencia emerge así como consecuencia de la falta de dirección y la incapacidad de encontrar sentido o propósito alguno que rija la existencia. La multiplicidad de opciones y modelos de vida, como en los juegos de rol, permiten la coexistencia de prácticas contradictorias que no terminan por llenar el vacío de sentido. Veganismo, minimalismo, ascetismo o culto al ateísmo, todo se prueba en un intento por encajar dentro de un sistema que satisfaga unas necesidades en permanente cambio.

Nada logra conformar el deseo fluctuante, constantemente estimulado por la virtualidad. El vivir en un estado de constante exitación mental producto del atragantamiento informacional, termina por arrojar al individuo a un <<desierto donde reina la apatía>> y por consiguiente la falta de compromiso con el otro, tan distante y separado de los intereses propios.

La descatabilidad de la vida postmoderna se inunda de vacío. Como diría el sociólogo francés Gilles Lipovetsky:

“El hombre indiferente no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas. nada le sorprende, y sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas: para alcanzar un grado tal de sociabilización, los burócratas del saber y del poder tienen que desplegar tesoros de imaginación y toneladas de informaciones.”

No obstante, conscientes de la alienación a la que contribuye el consumo descenfrenado de virtualidad, elegimos permanecer postrados frente a la imagen, practicando la procastinación indefinidamente, cultivando con esmero la pereza intelectual.

Vaciados de voluntad, lábiles en extremo nos entregamos al vicio consumista y a la práctica del desapego del mundo y de los otros. Los vínculos y las relaciones personales han perdido toda fuerza y esto no reviste ninguna tragedia. Relacionarse conlleva un esfuerzo y una constancia que no estamos dispuestos a emplear.

En este mundo sin tiempo no hay espacio para invertir en el otro, sólo una colección de momentos esporádicos con gente que creeemos pueden agregar algún valor a nuestra imagen.

La <<enfermedad del vivir>>, la depresión, la apatía y la imposibilidad de encontrar sentido se extienden con prisa y sin pausa en medio de una sociedad global que ha permitido ser conquistada sin presentar batalla.

Lo realmente peligroso de existir en este estado de prisa constante, de falta de compromiso, de abundancia de información y de la práctica de un sectarismo enfocado en grupos de intereses es creernos la falsa ilusión de participación que se crea cuando nos conformamos con apoyar una causa o luchar por un derecho a través de tweet, diseminando un hashtag. El progreso y el fortalecimiento de la comunidad necesitan, hoy más que nunca en este mundo tambaleante, de algo más que un click o la tendencia pasajera en una red social. Es necesaria una discusión conjunta que involucre intereses contrapuestos que estén preparados a consensuar por el bien común.

Sin embargo, aunque todo parezca perdido, aún florecen ejemplos de esperanza aquí y allá, pero se requerirá de la unión de las voluntades generales para educar la consciencia y salir de una vez por todas del abismo en que el mundo parece por momentos sumergido.


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