Edvard Munch: cómo retratar una emoción

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” escribió el lógico y lingüista austríaco Ludwig Wittgeinstein en su famoso Tractatus logico-philosophicus para describir algo tan real como angustioso: a veces las palabras no alcanzan para describir el mundo y menos aún para expresar la vasta complejidad de nuestro interior.

Sin embargo, a pesar de que pueda resultar una interpretación un tanto forzada de una teoría que propone al lenguaje como un modelo de realidad basado proposiciones que pueden ser tanto verdaderas como falsas, lo real es que muchas veces las palabras fallan al intentar describir nuestros pensamientos y sentimientos más enrevesados.

Y aunque la poesía haya suplido con creces esa necesidad de expresar aquello que urge con tanta fuerza por salir, no siempre ha resultado suficiente. A veces las palabras simplemente no se dignan a presentarse ante nosotros, a veces ni siquiera existen.

La ansiedad, el terror, la sensación de estar volviéndonos locos o la angusta existencial son sentimientos que no siempre pueden encuadrarse completamente en un par de párrafos: hay ciertos momentos en que el dolor es tan grande que quisiéramos abrirnos al medio para poder mostrar de qué se trata ese nudo que comienza en el estómago y sube a la gargarta apenas dejándonos respirar.

Edvard Munch, quizá el mayor representante del movimiento expresionista, se sirvió de diversas formas y colores para retratar en el lienzo esa marea de emociones que lo aquejaban y para las cuales no eran suficientes las palabras.

Los sentimientos, ese complejo de intensidades tan difíciles de exteriorizar, encontraron en el óleo nuevas formas de retratar aquello que golpea con tanta fuerza que nos deja de rodillas frente a un mundo que aún hoy no entiende cómo lidiar con ese universo insondable que todos llevamos dentro.

Dueño de un gran talento para retatar tanto formas naturales como humanas, Munch decidió dejar de lado la perfección de las figuras para expresar con líneas irregulares y tonalidades impesandas las huellas que la experiencia marcaba en el ejercicio diario de vivir.

Rostros morados o desdibujados, horizontes sinuosos y tamñaos desproporcionados, cada elemento dentro del cuadro resignificaba cada una de las figuras del lienzo como si al momento de pintar inventara un nuevo sistema de símbolos para dar significado a su particular representación del mundo.

Con colores verdosos retrató la angustia de sus personajes mientras que con el juego de las proporciones corporales enfatizó sentimientos como la desesperación al tiempo que logró como pocos transmitir incluso sonidos. Hace falta contemplar sólo un instante El Grito para para lograr estremecernos con los alaridos desgaradores que expulsa su personaje.

A contramano de los impresionistas y en línea con la corriente abstracta, la perfección de la obra se tornó un obstáculo a la hora de expresar el objetivo de su arte. Para Munch ser fiel a la naturaleza humana implicaba retratar las fuerzas que corroen el interior de todo individuo y sus infinitos matices, para eso la ira, la soledad, la tristeza, debían formar parte de una un trabajo sin parangón en que intentó ahondar en los más profundos e inexplicables de los sentimientos.

Para crear era necesario dejarse embriagar por el entorno y obrar dejando en el material las cicatrices que tales impresiones habían provocado en el artista.

“No creo en el arte que no se haya impuesto por la necesidad de una pesona de abrir su corazón (…) Entonces no basta con sentarte a mirar cada objeto y pintarlo exactamente como lo vez, hay que mirarlo tal y como debe ser – tal y como era – cuando el motivo de conmovió.”

Ridiculizado por la sociedad de la época para la cual Munch no era más que un escandaloso sin talento alguno, el pinto noruego se abrió camino en un estilo que hoy en día es considerado el más excelso entre sus pares dado que impulsó el desarollo de un tipo de visión y técnica que iba más allá del detalle minucioso para poner el foco allí donde la realidad se torna esquiva y los las líneas comienzan a entrecruzarse en una dimensión tan profunda e incompresinble como fascinante.

Tanto como artista como ser humano dejó en evidencia una premisa que será imposible de refutar por más rigurosas que sean las reglas que quieran imponerse sobre el arte pero sobre todo sobre la sociedad: todos somos víctimas en algún momento de las sombras que habitan en nuestro interior. Será tarea de cada uno sacar el mejor provecho de ellas.

“Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho (…) Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza.”


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