¡No quiero encender mi cámara!

Por Rocío Cerca

Mientras el homeoffice y el homeschooling se convierten en la nueva normalidad hogareña, una nueva fobia se instala en la también nueva modalidad home-session del psicoanalista: el terror a las videoconferencias. Y es que ante la imposibilidad de hacer acto de presencia en la oficina laboral o en el salón de clase, la videoconferencia por Zoom se convirtió en el nuevo punto de encuentro  a la hora de contactar con el jefe o asistir a una cátedra de la facultad.


Sin embargo, pese a que para muchos esta nueva posibilidad de quedarse en sus casas y aprovechar el tiempo perdido diariamente en viajes es un lujo que no cambiarían por nada, para otros, el hecho de tener que abrir su espacio personal a los desconocidos se convirtió de una noche a la mañana en una pesadilla.
Desde la incomodidad de tener que encontrar un espacio “presentable” de la casa que mostrar al jefe hasta la ansiedad que genera tener que aparecer uno mismo frente a la cámara, la nueva modalidad de contacto que nos podemos permitir en medio de esta pandemia suscita tanto rechazo como adhesión.

Lo cierto es que aunque para algunos resulte normal posar ante su celular, para otros, el sentimiento de estar frente a un aparato escrutador que graba cada pequeño movimiento y sonido, el sólo hecho de pensarlo genera un nivel de ansiedad y estrés que hace que enfrentarse a este tipo de situaciones resulte un calvario.


Porque no todos estamos acostumbrados a la exposición, aunque más no sea para para charlar unos cuantos minutos con otro. Pareciera que la obligación de tener que estar frente a una cámara exacerbara el tedio que implica tener que sociabilizar en la vida real cuando sucede que no somos tan dados para la charla como sí lo puede ser otra gente. 
Mantener una conversación por videollamada puede resultar mucho más molesto aún cuando tenemos que repetir una y otra vez lo que estamos diciendo porque el internet se corta o no logramos hacernos entender cuando las voces se interponen. Ni hablar cuando nuestra imagen queda congelada en una mueca imposible que pareciera intensificar aún más cada una de nuestras imperfecciones.


No obstante, este tipo de “molestias” son insignificantes comparadas al hecho de tener que asistir a una charla desde nuestra casa cuando el ambiente allí no es propicio para poder expresarse libremente ya sea porque en casa están los hijos o porque vivimos situaciones de violencia o presión que dificultan muchísimo el poder siquiera estar de ánimo para hablar con alguien más.
No, las charlas de zoom no son para cualquiera, aunque pareciera que se han convertido en un mandato. ¿Acaso no se puede utilizar la llamada telefónica como se hacía en la era pre-internet? ¿Es necesario tener que hacer una videollamada para todo?


Sin duda y pese a que ya han pasado varios meses desde el comienzo del confinamiento obligatorio, aún continuamos adaptándonos a las nuevas maneras de relacionarnos tanto en persona como en la vida virtual, por lo que vale la pena reflexionar acerca de cómo estás nuevas formas impactan en nuestra vida diaria para lograr que la dificultad de tener que acomodarse a este estilo de vida que nunca imaginamos sea lo menos doloroso y estresante posible mientras tratamos de encarar una solución para que la continuidad de nuestro trabajo y educación retome un curso lo más parecido que se pueda a lo que era antes.


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