¿Qué es una familia?

Reflexión sobre cómo percibimos los lazos familiares. 

En nuestra vida y en la cotidianeidad de nuestros días existen cosas y hechos tan “evidentes”, que muchas veces nos resulta poco frecuente o incluso insólito reparar en ellas: que el día precede a la noche, que la lluvia cae luego del proceso de condensación de vapor en las nubes, que posteriormente el sol saldrá, son todos fenómenos que damos por sentado, que no cuestionamos por su normalidad y por nuestra capacidad de acostumbrarnos a que algo ha sido así por siempre y por siempre así será. Y es precisamente la costumbre, la que juega un papel fundamental en nuestra percepción de esos hechos, haciendo que no nos resulte necesario refutarlos. 

Damos por sentado ideas, formas de ser y de relacionarnos basados en prácticas que llevamos a cabo de manera diaria porque vivimos insertos en un contexto y en una cultura que alberga incontables reglas y modelos abstractos a través de los cuales sentimos, percibimos y juzgamos el mundo. Hoy en día, gracias a las redes sociales o la televisión, no hace falta viajar a otro país para identificar y diferenciar nuestra idiosincrasia de aquellos nacidos bajo contextos, climas, religiones o incluso normas gubernamentales distintas a las nuestras. 

Sin embargo, a medida que vamos creciendo y nos vamos haciendo cada vez más conscientes de nuestro entorno, a medida que nos vamos conociendo a nosotros mismos y a los que nos acompañan en ese vaivén entre el pasado y el presente por el que el que transita nuestra existencia, nos damos cuenta, a veces con alegría y otras con inmensa sordidez, cuán diferentes somos en nuestras individualidades y en nuestras maneras de ser, de actuar, de percibir, de querer.

Acostumbrados a creer que una familia, casi por definición de diccionario, es un conjunto de personas con relación de consanguineidad, entre las que contamos padres, hijos, abuelos, tíos, primos, nos damos cuenta, a medida que crecemos, de que para el otro, o incluso para nosotros mismos, ese vínculo que creemos dado por naturaleza entre ese conjunto de personas que la cultura llama “familia” puede ser tan diferente, complejo e incluso extraño para cada uno de sus miembros. 
Resulta complicado, sobre todo cuando comenzamos a convivir con otra persona, adaptarse a sus costumbres y a sus hábitos diarios. Es algo que le ocurre a casi todo el mundo dado que provenimos de microcosmos habituados a ciertas reglas, conductas y maneras de pensar. Sin embargo, más complicado aún resulta cuando nos damos cuenta, casi en shock, de que nuestra idea de lo que es un padre y una madre, de cuáles son sus roles y qué importancia tiene su presencia en nuestras vidas, dista mucho de la concepción que tienen los otros sobre los suyos propios. 

A veces nos resulta extraña y totalmente ajena esa relación de total unión y amistad que podemos ver entre un padre y un hijo, al punto de cuestionarnos y muchas veces culparnos por no poder sentir o hacer nuestro ese vínculo con los nuestros. El tiempo pasa, nuestras experiencias en soledad y con otros se van expandiendo y enriqueciendo, y poco a poco notamos cómo toda esa falta de vínculo o la ligereza de esos lazos en la infancia, van pesando sobre nuestro presente haciéndonos preguntar cómo explicar a quienes elegimos para formar nuestra propia familia, que no es que seamos tozudos, introvertidos, faltos de expresividad o afecto por decisión propia o falta de interés.

Pero más importante aún, ¿cómo identificar y explicarnos a nosotros mismos nuestras propias carencias para alivianarnos de la culpa que pesa sobre nuestras espaldas, de las inseguridades que torturan nuestros pensamientos o de la angustia que sentimos que nos invade y a la cual no logramos hacer frente?

A veces no es necesario ser huérfano para experimentar la carencia del vínculo familiar, la simple ausencia afectiva de nuestros padres, o simplemente de uno de ellos es suficiente para marcarnos de por vida. Hay personas que al crecer logran desarrollar herramientas propias que les otorgan la seguridad y estrategias necesarias para adaptarse en la convivencia con otros, y están lo que a veces nos encontramos en situaciones donde nos es difícil entender cómo vincularlos, ya sea expresándonos de manera afectiva o acoplándonos a costumbres harto extendidas en el seno familiar, como la celebración de cumpleaños, las reuniones con tíos o primos o el simple hecho de compartir tiempo con otro. 

Nuestra manera de vincularnos “en familia” está intrínsecamente ligada a las prácticas que fuimos desarrollando de manera diaria desde que comenzamos a identificar a los de nuestra misma especie hasta que finalmente logramos convertirnos en más o menos independientes. Y esas maneras de vincularnos van desde el respeto que tenemos a nuestros mayores, hasta el hábito de sentarnos todos juntos alrededor de la mesa para cenar.

Lo que nuestros padres, abuelos o modelo de referencia nos inculcan en términos de costumbres, ritos y maneras de relacionarnos, es aquello que incorporaremos repetidamente en nuestra vida adulta. Sus enseñanzas, sus acciones y también sus omisiones se amalgaman en nuestro modelo mental de cómo funciona una familia. 

A veces, por fortuna, logramos encontrar un otro con la suficiente paciencia para entender nuestra forma de ser, que nos brinde su apoyo y las herramientas necesarias para crecer más allá de lo que somos conscientes de que nos falta y nos hace doler, y otras veces rondamos de aquí para allá, como un péndulo, tratando de hacer pie en algún momento para lograr enraizarnos al suelo y florecer de una vez por todas. 

Cada familia es un complejo e intrincado mundo cuyo funcionamiento es imposible definir y conocer a la perfección, porque cuanto más nos esforzamos por intentar comprenderlo, con más dolor nos encontramos al darnos cuenta de lo poco que sabemos de ella. 

Lo importante en ese difícil descubrimiento es aprender a no cargar con la culpa de las marcas y heridas que se fueron abriendo en ese entorno familiar muchas veces desolador y pedir ayuda, de ser necesario, para llenar los vacíos y cicatrizar todo eso que no nos permite funcionar.

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