Otra vez quiero abrirme la cabeza contra el suelo: así es vivir con ansiedad crónica

Por Rocío Cerca

Una gota imaginaria, pero palpable, rebalsó el vaso en el que pongo en remojo mi cerebro. La medicación dejó de hacer efecto. La montaña rusa comienza de nuevo. Los colores se hacen más brillantes, la luz es tan intensa que apenas puedo soportarla. Miles de pensamientos surfean en en el mar confuso de mi mente a un ritmo frenético. Puedo oír cada pequeño y suave sonido como un ruidoso y molesto estruendo.

En la cabeza, toda clase de punzadas leves y agudas al mismo tiempo, en distintas partes. Parece una escena de Las Cruzadas. Miles de flechas vienen y van.
Por momentos pareciera sentir la electricidad que produce el choque de mis neuronas al hacer sinapsis, puedo sentir la luz diseminarse.

Los movimientos a mi alrededor son fugaces, rápidos, imposibles de descifrar. Mis manos y pies no coordinan de manera correcta, me tropiezo, me golpeo, no logró alcanzar lo que quiero. La piel se vuelve ultra sensible. Me duele rozar ciertas partes con mi propia ropa.

La gente me habla pero no entiendo qué dicen. Veo labios moverse, gestos que parecen esperar una reacción que mi cuerpo no está dispuesto a ofrecer. Oigo sus voces hablándome a lo lejos, no sé si estoy bajo el agua o ellos hablan en un tono que no puedo percibir.

Necesito silencio, ya no me hablen, déjenme sola. 
No sos vos, te juro que soy yo.

Me alejo, respiro hondo. Una y otra vez intento llenar mi panza de aire, pero el estado de aceleración en el que ha entrado mi cuerpo me impide hacerlo correctamente, no logro controlar la hiperventilación: “Tranquila, empezá de nuevo. Inspirá, contá hasta ocho, guardá el aire, andá largándolo de a poco. La gente debe pensar que estoy loca.” Y sí, lo estás un poco. Tal vez bastante. 


La cabeza se me mueve sola, siento que no puedo controlar mis propias expresiones. Giro hacia la izquierda pero siento que la boca ha quedado a la derecha de mi cara, casi flotando a un costado, entre el abismo que me circunda y el diminuto espacio que ocupa mi cuerpo. La adrenalina recorre cada centímetro de carne, las manos y los pies se llenan de sangre. No puedo controlarlos, son como palos, quisiera moverlos pero los siento acalambrados.

Camino como un astronauta y me siento torpe: voy dando pasos inciertos sobre un suelo que no estoy segura que esté bajo mis pies. Me siento flotar sobre la superficie y al mismo tiempo no entiendo cómo hago para mover este peso muerto, rígido, esta bola de nervios en la que se ha convertido esto que soy. Aunque en verdad no sé qué soy, la percepción de mi propia identidad se ha desvanecido. Si el SER se construye a base de recuerdos, de memorias, de experiencias vividas, pienso que ya no existo. La ansiedad hizo destrozos con mi memoria: hay pedazos enteros de mi vida que no recuerdo y tramos que no sé si son verdad o me los inventé para no sentirme tan sola o anormal.

Me miro en el espejo y no puedo distinguir mi cara. Un ojo por acá, otro ojo por allá, la boca rígida en una mueca imposible. Soy incapaz de contemplar mi rostro armado como un todo. Sólo veo partes aisladas de órganos en lo que debería ser mi cara. ¿Esa soy yo? No lo sé, no puedo descifrarlo. Me miro pero no puedo verme. Me desespero. Debo estar volviéndome loca o alucinando.

En mi cabeza escucho voces. En algún punto sé que no estoy pasando por un episodio esquizofrénico. O eso creo. No son voces de otros, son mi propio yo diversificado, una tribuna de múltiples yo que me insulta como si YO, la del cuerpo, fuese del equipo contrario. La tribuna esta por caérseme encima pero no hay nada que pueda hacer, no puedo correr.

Se me va a quebrar el cuello de tanta tensión, lo siento como se siente el caramelo cuando se enfría y se vuelve frágil y quebradizo. Si lo toco, sé que me voy a partir. 
Algo va a estallar, siento el colapso acercarse. Pero no pasa nada. “Esto es una tortura. El miedo al miedo me está matando.”

La tensión es constante, la sensación de desmayo inminente me acecha como un francotirador que espera que me relaje por un momento para disparme y tirarme al piso. 


Un disparo en el medio del cerebro, un rayo que me parta al medio sería bueno… Al menos así dejaría de sentir todo esto.

Me da miedo todo esto que siento pero más miedo me da no sentir nada. Recuerdo el vacío en el medio del pecho, el agujero frío y negro y sé que más miedo me daría volver a sentirme un robot. “Te odio cuando estás ansiedad, pero cuando te vas y me dejás tranquila por un momento, siento que sin vos no soy nada. Siento que algo me falta. Sos como las drogas y YO odio las drogas.”

A veces quisiera atravesarme un cuchillo justo en el medio del cráneo y sacar uno a uno los pensamientos que no me dejan funcionar: “¿Cerraste bien la puerta de casa? ¿Y si la dejaste abierta y entra alguien? ¿Por qué tenías que decír eso, no ves que quedás como una idiota? ¿Por qué será que fulanito me miró así? ¿Habré dicho algo mal? ¿Estaré haciendo bien esto? Mejor lo reviso otra vez, por enésima vez. ¿Y si X se muere? ¿Qué voy a hacer? Es la única persona que más quiero en el mundo y no puede morirse, ¿qué voy a hacer? ¿y si deja de quererme? ¿Cuándo voy a salir de este agujero? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?”

A veces siento que me olvido de cómo funciona un ser humano y necesito que me lo recuerden. A veces el miedo me lleva en una espiral descendente y me olvido cómo hacer para salir de mi mente, es como si no encontrara la puerta con el cartel de EXIT.

Hay días que no hay salida de emergencia habilitada. La habitación se llena de humo y lo único que puedo hacer es agacharme y sobrevivir con el oxígeno que queda a pocos centímetros del piso. El edificio arde en llamas hace varios días y yo estoy ahí, acurrucada en el piso, esperando a que alguien me saque o me pegue un grito que me haga reaccionar.

Me olvido de tantas cosas… Me olvido del afuera, de los árboles, del aire fresco, de reír, de las cosas simples que valen la pena y están ahí esperando a ser disfrutadas.

Por eso pocas veces recuerdo como funcionar como un todo. Ahora soy un cuerpo desmembrado atado con alambres que evitan que los miembros se desparramen. Esto que soy, el alma, los pensamientos, la consciencia de que existo, va junto a mi cuerpo pero en otro plano, flota como un globo atado al tórax, por  encima de mi cabeza. Se quiere ir, como me quiero ir yo de acá, escapar de esto que me pasa. Qusiera salir corriendo a ver si logro dejar atrás lo que me amarra con un ancla al suelo y me deja inmóvil. Quiero correr pero sé que es absurdo, el ancla va conmigo adonde vaya, el ancla está en mi cerebro hundiéndose cada día más, justo en el centro.

Otra vez quiero abrirme la cabeza contra el suelo. “Aguantá, aguantá que ya va a pasar.” Le hablo a mi YO, el que se hizo chiquito y está escondido como un nene bajo la cama, aterrado, presa del pánico. Le hablo con ternura, trato de ser suave y le doy palabras de aliento, pero enseguida me harto y me transformo en monstruo y le grito, y lo insulto, y le digo que me tiene cansada. “Si no fueses tan débil no tendrías que pasar por todo esto. Es tu culpa.” La culpa, otra vez más, la raíz podrida, origen de todos mis males. Maldita culpa. No sé quién te metió ahí en donde estás- o sí – pero ya es hora de que me dejes en paz.

Los ojos me pesan, a veces no hago nada en todo el día pero es como si en un par de horas hubiese vivido mil vidas.

Alrededor todo da vueltas y parece que de tanto pensar, de tanto sentir, de tanto pelear por dentro, la energía se me hubiese acabado por completo. Quisiera tirarme en la cama a dormir y despertar medio siglo  después. Pero hace cinco años que no sé lo que es dormir, mucho menos descansar. 
Sólo me queda cerrar los ojos por un momento y esperar a que todo pase.

Recostada, el mundo deja de girar, al menos por un rato.

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