JOKER: retrato crudo del mal social

A dos semanas de su estreno, y con un público que está colmando las salas de los cines en todo el país, el Joker interpretado por Joaquín Phoenix tiene asegurada su consagración como la película del año y no son pocos méritos a contar: desde la increíble y versátil interpretación del actor, el nivel de calidad fotográfico y de dirección, hasta la elección de las escenas y la propia música, cada aspecto de esta producción cinematográfica despunta un nivel de calidad y cuidado descomunal.

En esta película no hay elemento que pueda analizarse de manera aislada, desde el vestuario, los silencios y hasta las más inadvertidas escenas funcionan como un todo que configuran una significación y una profundidad a la que el cine nos tenía desacostumbrados.

El Joker de Todd Phillips no es una comedia, no es la versión personificada y real de un personaje de ficción ni mucho menos una película para pasar el rato: es el retrato crudo y fatalista de una realidad que todos conocemos y estamos acostumbrados a ignorar. Si hay algo que distingue a esta cinta de cualquiera de las producciones fílmicas basadas en cómics es que su personaje principal, el harto conocido Guasón, es más que un simple villano y al mismo tiempo las complejidades que lo atraviesan lo hacen tan real, que tranquilamente su lugar podría ser ocupado por cualquier ciudadano marginado de la vida real, para quien no es ajena la intolerancia, el desprecio y el abandono con que este personaje se cruza a diario.

Arthur Fleck es la fiel personificación de la desesperación, el estado al que está condenado a vivir el enfermo mental. Marginado dentro de un sistema social que no lo hace partícipe, deambula por las calles tratando de ganarse la vida haciendo de sí un chiste del que los demás se mofan. Tiene, como todos, sueños que persigue y que sólo puede alcanzar en las fantasías que idea en su mente, su único refugio frente a la hostilidad exterior y al mismo tiempo el origen de todos sus males: el Joker, antes de ser el Joker fue un niño golpeado, abandonado y engañado. Criado por una madre esquizofrénica que miraba hacia un costado frente a los abusos a los que de pequeño era sometido, creció con la idea de que su risa histérica e incontrolable, había sido producto de una lesión cerebral congénita y que pese a la sordidez y desolación que lo rodeaba, siempre debía poner en su rostro “una sonrisa”.

La perturbadora risa de este personaje, tan bien lograda por el actor, lejos causar comicidad inquieta la mente del espectador, al punto de producir temor, miedo, desesperación ante la fragilidad representada en la imagen. Joaquín Phoenix encarna el más crudo abandono al que son sometidos los enfermos mentales y ya no sólo desde la perspectiva económica que siempre ha afectado el progreso de esta comunidad, aferrados a las dádivas del partido político de turno, sino al abandono mismo de la propia institución psiquiátrica, que como bien criticaba Michel Foucault en “Enfermedad Mental y Persicología”, insiste en tratar al enfermo mental con los mismos métodos con que se trata cualquier enfermedad orgánica, identificando síntomas, encuadrando dentro de una patología y medicando con pastillas, sin preocuparse por rever e intentar modificar el ambiente que rodea al afectado, lo que hace de este, un ser anestesiado, aislado y sin capacidad de comprender cómo relacionarse con el mundo exterior.

Esta película constituye sin duda un grito ahogado de auxilio, un alarido de dolor en la oscuridad, pero sobre todo un llamado de concientización a la sociedad sobre cómo estamos tratando a los enfermos mentales.

Como reza una de las escenas más crudas del film: “lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente actúa como si no la tuvieras”, porque no nos hacemos cargo, porque no sabemos convivir con ella y porque preferimos ignorarla, pero también porque les exigimos a quienes conviven con estos padecimientos, que actúen “normal”, que pongan su mejor cara y dejen de dramatizar lo imposible: traumas de la infancia, violencias de todo tipo y la cruel ignorancia de quienes esperamos que estén ahí para brindar la contención y el afecto indispensables para sobrevivir.

Más allá del afán taxonómico que se pueda tener al querer encasillar al personaje dentro de tal o cual patología, no es eso lo que importa en sí en la trama de este film, ya todos sabemos que es un ser profundamente afectado y poco importa acertar en el diagnóstico. De hecho, las escenas están construidas con una capacidad de exhortación tal que resulta difícil siquiera juzgar las acciones de cada uno de los personajes sin sentirse uno mismo juzgado. Hay un juego constante y macabro para con el espectador a lo largo de todo el film, una provocación, una inquietud latente que hace que cada vez que se oye aquella perturbadora risa nos sintamos incomodados y queramos callarla como cuando queremos alejarnos del que habla solo por la calle.

Arthur Fleck se convierte en “el malo” de la película cuando es una vez más abandonado, tirado a la calle sin el amparo de un especialista y sin sus pastillas, cuando vuelve a sufrir la traición y la mentira por parte de su única familia, cuando es decepcionado y burlado una vez más frente a la vista de todos, es el hombre indicado en el momento equivocado. No es el personaje de William Foster en Un día de Furia, porque Fleck no conoce otra cosa más que la furia contenida, la impotencia y la infelicidad perpetua. Es simplemente un ser humano frágil y desolado que camina al filo de la cornisa, entre la cordura y la locura extremas, entre el bien y el mal: sólo le basta un golpe, un disparo o un cuchillazo que lo ponga en evidencia frente a la sociedad que a diario lo pisotea. 
“Durante toda mi vida no sabía si realmente existía, pero existo, y la gente ha comenzado a notarlo.”
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En Argentina más de OCHO millones* de personas vivimos bajo la prescripción de algún ansiolítico, antidepresivo o antipsicótico, entre otros medicamentos. Es hora de mirar con conciencia qué estamos haciendo con nuestras vidas y con las de los que nos rodean. Que este film sirva para abrirnos los ojos y reclamar urgente una educación en lo emocional para aprender a vivir mejor en sociedad y ayudar a aquellos que lo necesitan. 
*Asociación Argentina de Farmacia y Bioquímica Industrial (datos de 2018).


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