El poder olvidado de la poesía

    

“Siempre tuve una fuerte preferencia por las obras de arte en las que el artista estaba motivado por la necesidad de hablar (cualquiera sea el medio) de lo que profundamente lo movilizaba, ya sea por culpa o por elogio”, confesó la poeta Denise Levertov en una carta a su congénere Robert Duncan.

Y entre la diversidad de medios posibles fue la poesía el camino elegido por la inglesa para plasmar

Denise Levertov

temáticas como la violencia, el amor, la política o incluso cuestiones teológicas; aunque frente a la rivalidad histórica fomentada por sus detractores más aviesos, el género haya quedado relegado desde siempre al rincón del olvido de cara a su eterna contrincante y ganadora más laureada, la prosa, acusada de ser un medio limitado expresivamente hablando, elitista y cuando menos infantil.

Sin embargo, la supervivencia misma del género y la lucha inclaudicable de sus defensores y escritores más reconocidos ha demostrado que la poesía es un espacio en el que uno puede zambullirse como dentro de un océano de significados y explorar la más diversas temáticas sin tener que privarse por ello de la reflexión, acción que sólo pareciera plausible dentro de la extensión facilitada por la prosa.

El mismísimo Octavio Paz escribió alguna vez que “la poesía es la perpetua tensión del poeta hacia un absoluto del lenguaje, en la esperanza de cautivar la realidad, lo efímero, eso mismo que se desvanece en el momento en que uno lo piensa (…)” y es que el verso pareciera guardar en sí mismo esa especie de poder que le permite catalizar súbitamente el sentimiento del momento, aquello que se debe decir de manera urgente y que quema en el interior aunque esto no implique necesariamente que aquello que se dice esté despojado de cualquier razonamiento o instancia reflexiva, sino más bien que el decir va acompañado de un sentir por parte de quien escribe que enriquece el contenido ampliando la posibilidad de alcanzar al interlocutor más allá de su capacidad de razonamiento.

Porque, ¿cuánto hay que no se entiende más que por medio de las razones del corazón y escapa de los límites de la lógica o la matemática?

Es por todo ese universo que crea más allá de lo concreto y palpable a simple vista que la poesía y su plasticidad permiten conocer, aunque no toda su vida, al menos la percepción de su autor, su aproximación al mundo, su modo de sentir y de significar, y gracias a ello también su sensibilidad para abordar distintos aspectos de la realidad tanto interior como exterior.

En su ejercicio inquisidor la poesía escruta el interior del artista como si revolviera sus tripas en busca de aquel sentimiento genuino a través del cual canalizar lo que se intenta decir. Y aunque su finalidad no sea en sí misma metafísica, algunos autores así lo creían, tiende un puente cimentado por la empatía.

El sentimiento, por lo tanto, lejos de remitir a lo infantil, a lo inocente o a lo despojado de seriedad encarna en este género el medio a través del cual lo que se dice se transforma en verdadero porque es sobre su base donde se edifica la identidad de quien trasmite su palabra.

En palabras de E. E. Cummings: “Casi cualquier persona puede aprender a pensar, a creer o a saber, pero a ningún ser humano se le puede enseñar a sentir. ¿Por qué? Porque cuando sea que pienses, creas o sepas, eres mucha otra gente más: pero en el momento en que sientes, no eres más que tú mismo.”

Pero… ¿puede existir entonces la poesía ficcionada en el sentido más simple de la palabra, en tanto relato creado con un fin meramente estético? Claro que sí y no por ello queda anulada su esencia, el vínculo profundo entre el sentimiento y la percepción del que dice.

Y es por esta razón que palabra y sentimiento se convierten en elementos intercambiables para el artista, quien conjuga vocablos como si tomara colores de una paleta infinita para luego arrojarlos sobre el lienzo blanco.

Cada color, cada sentimiento, cada figura empleada se convierte en una herramienta más con que matizar la complejidad que el artista experimenta con tanto con los sentidos como con los ojos del alma.

¿Y quién es el artista?: todo aquel que se atreva a crear, todo aquel que se anime a hacer uso de las palabras dotándolas de sentido, apropiándose de ellas, estirando sus límites, doblándolas, recortándolas, mezclándolas para luego arrojarlas al universo de significados en el cual el lector se sumergirá en busca de una aventura, de un amor imposible, de un rato de diversión o simplemente en busca de una compañía que lo anime a él mismo comenzar de nuevo el proceso creativo.


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