La locura como arte: Vincent Van Gogh

Si oyes una voz dentro tuyo que dice “no puedes pintar”, por todos los medios pinta, y esa voz se silenciará.

Vincent Van Gogh

A pesar del extendido mito de que solamente los locos llegan a ser grandes artistas, a lo largo de la historia varios personajes han servido de alimento a la creencia de que la práctica artística encarna en sí misma cierta locura.

Richard Dadd, Francis Bacon, Edvard Munch o Vincent Van Gogh son algunos de los artistas de cuyo romance con la locura y la desesperación devino el más grande de sus frutos: un frondoso legado artístico que los conviritió sin lugar a dudas en las figuras más importantes del arte pictórico.

No obstante, no todos terminaron por convertir sus obras en exclusivas representaciones de los tumultos que aquejaban sus mentes. Mientras que Dadd plasmó en el lienzo su particular sensibilidad hacia temas oníricos y surrealsitas, Bacon y Munch fueron tal vez quienes mayormente inundaron sus cuadros de los descubrimientos y emocionoes que experimentaban interiormente. Distinto fue el lazo que unió a Van Gogh con el arte y su enfermedad mental.

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Van Gogh’s Peace

Nacido en 1853 en los Países Bajos, Vincent Willem Van Gogh llegó al mundo el mismo día, un año después de la muerte de su hermano también llamado Vincent.

Bajo la sombra de aquel bebé en cuya figura su madre había puesto todas sus esperanzas e ideales, Vicent creció con la certeza de que jamás podría igualar a aquel hermano a quien venía a sustituir como reemplazo del duelo no elaborado de sus padres.

Curioso e inquito, sus excentricidades a medida que iba creciendo lo hacían esquivo del amor de su madre para quien Vincent II no era más que una copia fallada de su adorado hijo muerto.

Fue así que con el peso que significaba la falta de reconocimiento por parte de su familia como un chico con personalidad propia y no como el sustituto de alguien más, Van Gogh trascurrió su juventud en el intento de hayar su identidad y su valor individual buscando despojarse del sentimiento de melancolía que lo acompañaría toda su vida proveniente de ser el hijo desechado y solitario.

Tras fracasar como vendedor de obras de arte en la galería de su tío e imposibilitado de encontrar un lugar en el que encajar dentro de la sociedad, se dedicó de llenó a la tarea de evangelizar a los más pobres y convertirse finalmente en predicador como su padre. Sin embargo, el extremismo con que Vincent llevaba adelante su ascetismo, al punto de regalar su casa a una pobre mujer para dormir en el suelo de un establo, horrorizó a los propios miembros de su comunidad para quienes el muchacho, como referente, daba una imagen demasiado escandalosa.

Despedido del único espacio social en el que a fuerza de mucho trabajo había alcanzado llegar, y enojado por la falta de compromiso que su comunidad tenía para con el verdadero espíritu cristiano, Vincent decidió dejar atrás la prédica para decicarse de lleno a la pintura, un oficio en el que albergaba un verdadero talento desde pequeño.

Su hermano menor Theo se convertiría a partir de ese momento en el único familiar en quien podría confirar y quien le brindaría además los medios económicos necesarios para subsistir mientras se dedicaba a la exclusiva tarea de aprender y perfeccionar su técnica como pintor.

Vincent quería convetirse en un artista profesional y tomó su decisión con extrema seriedad al punto de obligarse a pintar día tras día, sin importar cuan cansado estuviera ni que tuviese qué comer. Para Van Gogh, el ser pintor era un compromiso que había asumido y no importaba cuán lejos debía debía ir hasta conseguirlo.

A veces ese compromiso llegaba tan lejos que se autoingligía castigos cuando no pintaba o estudiaba lo suficiente al punto de dejar de comer u obligarse a dormir en el suelo.

El joven Vicent era sin duda un hombre comprometido y Theo confiaba plenamente en las cualidades de su hermano al que no le resultaba tedioso tener que mantener mientras que finalmente lograra encontrar algo que llenara su vida y entretuviera su alma hambrienta.

Pero es verdad que sin el impulso de Theo como principal benefactor de sus esfuerzos quizá nunca hubiese existido su faceta artística y su vida probablemente hubiese acabado mucho antes, enfrentado a la imposibilidad de hacerse lugar en una sociedad a la que encontraba demasiado hipócrita y falta de propósito.

El vínculo que lo aferraba a su hermano fue tan intenso e importante que cuando Theo le confesó que tenía decidido casarse y formar una familia su mundo pareció resquebrajarse y fue a partir de ese momento en que sus sus episodios de psicosis y depresión se hicieron más álgidos y oscuros que nunca.

Sin embargo, convivir con sus problemas en una época en la que las enfermedades mentales eran motivo de ostracismo absoluto no fue fácil. Sus cambios de humor constantes, sus exabruptos y sus conductas extremas relegaron al pintor a la más áspera soledad.

Pero aún así Van Gogh nunca fue un artista patológico que tiñera su cuadros con los tintes de su alma de por sí bastante atribulada. Más bien su obra reflejó siempre una mirada que supo capturar no sólo la belleza y la vida natural, sino también la simpleza y la sencillez humana.

Haciendo uso de colores vibrantes y de una técnica rápida pero precisa, retrató los campos de del pueblo francés de Arlés y la cotidianidad de sus campesinos. Estaba tan fascinado por la naturaleza y sus distintas formas y misterios que pintarla era una manera de acercarse más ella y circunscribirla en su inmensidad.

Pintar era más que un hobbie o una manera de ganarse la vida: se había convertido en un método de distracción frente a la melancolía que lo acechaba pero sobre todo en su salvavidas en medio de un océano de culpa y sentimientos de indignidad derivados de “no estar a la altura” de los ideales y objetivos que le imponía su familia.

“La desolación de aquello que se llama el sentido de vacío es la primera cosa que combatir para que no se convierta en una enfermedad crónica.”

Vincent Van Gogh

La rigurosidad con que aplicaba cada pincelada de color, la velocidad demencial con la que finalizaba sus cuadros y el compromiso férreo con que trataba su obra convirtieron el arte de este genio en un arma de doble filo que tanto lo alejaban de la melancolía como lo acercaban a la obsesión y la locura. No obstante, aprendió a convertir su increíble sensibilidad y la vulnerabilidad de su mente en herramientas de las que servirse para darle a sus obras una perspectiva profunda que invitaba a ver más allá de los objetos representados.

Fue así que logró dejar impreso en cada cuadro no sólo una mímesis de los miles de objetos y formas que retrató, sino más bien una representación totalmente nueva y resignificada en la que plasmó su mirda y su alma.

“En mi trabajo arriesgo siempre la vida.” – Van Gogh

Van Gogh fue un artista que, aunque perseguido por sus fantasmas personales, puso a trabajar sus emociones y su miedo en pos de una obra a la que se entregó con pasión y sin dudar, convencido de que en los colores y en las formas de sus dibujos estaba la clave para alcanzar la infinidad de lo sagrado.

Aprender nuevos skills

Hace ya casi un año y medio que vengo con la idea de embarcarme de lleno en el mundo de la programación pero siempre le tuve cierto miedo porque, como la mayoría de las personas, tenía ese concepto importado de no sé dónde de que aprender a programar era algo únicamente posible para gente que entendía las matemáticas a la perfección. Quizá este preconcepto devino del hecho de que cuando estaba terminando la secundaria (2009) aún no estaba tan difundida la idea de que uno pudiera aprender viendo videos de Youtube o consultando en foros, por lo que sí o sí uno pensaba que para ingresar en la industria del software tenías que anotarte en una carrera larguísima de ingeniería o ciencias de la computación donde, si tenías algún amigo algunos años más grande que ya estuviera cursando alguna de esas carreras, te aterrorizaba la sola idea de que te nombraran materias como álgebra o estadística.

Claro que por aquellos años ya existían plataformas como YouTube desde hacía ya algunos años, pero no había aún, como hay ahora, tantos cursos o videos en los que uno pudiera aprender algún lenguaje y sobre todo, en su idioma. Por lo que sí o sí tenías que acabar en algún foro no tan actualizado que por lo general estaba en un inglés muy técnico e imposible de comprender para un novato.

Por eso nunca se me cruzó la idea de ver de qué se trataba la programación ya que con el sólo hecho de pensar en tener que volver a retomar conceptos matemáticos me agobiaba.

Sin embargo, años más tarde y habiendo finalizado la carrera de periodismo y con un poco más de tiempo libre, decidí darle un chance para ver de qué se trataba aprovechando la inmensa cantidad de contenido gratuito que hoy en día se puede encontrar en la red.

Fue así que para mi sorpresa, luego de aprender a manejar algunos conceptos de HTML y CSS con los que con un orgullo tremendo y la sensación de sentirme casi hacker ?), creé mi primera página web y me di cuenta de que así como había aprendido tanto en tan poco tiempo tan sólo siguiendo algunos tutoriales en distintas plataformas, tal vez podría adentrarme en serio en el mundo de programar algunas cosas, aunque más no fuera para hacer mi página un poco más interactiva.

De a poco fui investigando qué lenguaje me convenía más aprender, cuál sería el más simple o, mejor dicho, menos complicado para alguien como yo que empezó no sabiendo nada y que no tenía ni la más pálida idea de cómo siquiera sacar un alerta en la ventana del navegador.

Así, investigando por aquí y por allá comprendí que lo mejor sería completar la magnífica trinidad del frontend aprendiendo Javascript.

La verdad es que no voy a mentir: al comienzo sentí que me había metido a estudiar chino y, si bien pude sostener el ritmo de aprendizaje a lo largo de un tiempo considerable, con el correr de los días la dificultad de lograr algunos resultados me desanimaron un poco e hicieron que dejara de lado todo eso que había aprendido.

Pasaron varios meses entre los que de a ratos veía algún que otro tutorial para replicar algún juego que me parecía interesante y cuando lo terminaba, lo dejaba todo colgado de nuevo y me obsesionaba con algún otro tema por meses como le suele pasar a la gente curiosa como yo que de a ratos le agarra esa necesidad imperiosa de aprender todo sobre algo que de pronto, y sin aviso, le llamó la atención. Sí, a veces siento que ese don por la curiosidad es tanto un don como una calamidad.

Volviendo a mis andadas por el mundo de la programación, a comienzos de este año la idea de dedicarme a esto de verdad, es decir, convertirlo en una posible oportunidad laboral comenzó a atraerme cada vez más por diversos motivos: en primer lugar porque todo el mundo sabe que es una industria cada año más pujante y mediante la cual se puede conseguir una estabilidad económica para nada despreciable y, por otro lado, porque me di cuenta en el poco tiempo en que estuve aprendiendo, de que a través de la programación se pueden crear cosas geniales, pero no sólo eso, sino fundamentalmente darle la posibilidad a un montón de gente de aprovechar un montón recursos con los cuales pueden mejorar su vida diaria en una infinidad de maneras.

Sin embargo, creo que lo más importante que he ganado en este tiempo de aprendizaje autodidacta en la web es que Internet es un mundo increíble del que se puede aprender un millón de cosas para las que no necesariamente necesitamos hacer una carrera en una institución ni gastar una fortuna porque hay gente que está dispuesta a compartir su conocimiento porque el compartir mismo también implica aprender. Y quizá, cuando nosotros aprendamos algo por nuestra propia cuenta, o descubramos algo genial, podamos compartir y enseñar eso que ahora sabemos y creo que esa es la mejor forma de devolver a la comunidad internauta todo eso que conseguimos a través de ella.

Claro que no vamos a aprender cómo ser médicos por internet ni cómo manejar una nave espacial (tal vez sí cómo crearla :P) porque hay ciertos conocimientos que requieren sin excepción que alguien más valide que realmente sabemos con lo que estamos tratando ya que comprometen la vida de otras personas. Pero no obstante, hay un montón de otras cosas que sí podemos aprender a través suyo y sobre todo, en comunidad, y que, si uno se compromete lo necesario y practica, practica y PRACTICA, no hay por qué no puede convertirse convertirse, por ejemplo, en programador.

Aún sigo intentando entender cómo funciona Javascript, para qué sirve cada cosa, pero, pandemia mediante, retomé el estudio en este lenguaje y llegué a la conclusión de que muchas veces somos nosotros mismos quienes nos ponemos barreras imaginarias que nos impiden aprender, por lo que sería buenísimo que justamente desaprendamos todas esos preconceptos que nos distancian de los objetivos que anhelamos y empecemos a meter mano y cabeza en aquello que nos interesa y nos quita el sueño, ya que nada se pierde cuando uno quiere aprender algo. Aunque fracasemos mil veces hasta lograr un mínimo objetivo, todo el camino recorrido habrá valido la pena porque desde el momento en que comenzamos, ya modificamos nuestra perspectiva sobre algún aspecto de la realidad, pero, más aún, sobre nosotros mismos ya que nos dimos cuenta de que aunque cueste muchísimo, podemos.

El collage y sus infinitas posibilidades

“El artista crea mediante la elección, distribución y remodelación de los materiales.”Kurt Schwitters

Conocer el mundo que nos rodea implica el acto de descomponer la realidad en pequeños trozos, analizarlos, repensarlos y volver a reconstruir ese todo nuevamente. Esta deconstrucción mediante la cual sopesamos el exterior a la manera derrideana, evaluando sus partes, midiendo sus alcances, cuestionando sus causas y orígenes e incluso sus inconsistencias, nos abre la puerta a un miríada de posibilidades de interpretación y de sentidos que nos convierte en agentes activos en nuestro acercamiento a lo real.

El arte, con su infinidad de recursos, herramientas y formas ha sido desde siempre el medio predilecto a través del cual el proceso de conocimiento del mundo y del ser humano en sí mismo ha logrado plasmarse en obras que aunque planteadas desde perspectivas determinadas, han interpelado al observador en un intento por discutir y poner bajo la lupa ciertos aspectos de la realidad.

La pintura, la literatura, la música y el cine, entre otras formas artísticas, han servido a la insaciable necesidad humana de capturar en un fragmento del mundo haciendo posible su contemplación y reflexión en un intento más por darle sentido a la existencia.

Es así que en el complejo ejercicio de agarrar pedacitos de realidad y “reescribir” nuevas interpretaciones, el collage surge como una técnica por medio de la cual el objeto a inteligir se descompone en cientos de partes que alcanzan un grado de combinación similar al de un rompecabezas infinito en el que, dada la característica de este particular estilo artístico, pueden intervenir elementos provenientes de discursos completamente diversos entre sí.

Acuñada a principios del siglo XX por Pablo Picasso (1881 – 1972) y Georges Braque (1882 – 1963), la palabra collage deriva del francés coller, que significa “pegar” y como técnica artística abre la posibilidad de mezclar el dibujo y la pintura con elementos varios tales como fotografías, papeles, y elementos  de orígenes diversos yuxtapuestos en un lienzo o superficie.

El origen de esta práctica, no obstante, tuvo lugar varios siglos antes del surgimiento de su nombre, y puede rastrearse alrededor del 200 AC momento en que se produce la invención del papel en China, aunque sin duda uno de los registros antiguos más sólidos de este tipo de arte se encuentran en trabajos como los “mosaicos de papel” creados por la artista inglesa Mary Delany (1700 – 1788), quien mediante la mezcla de pintura y la utilización de diversas capas de papel superpuestas ideó ilustraciones botánicas a través de las cuales describía con gran precisión y detalle la composición de una gran variedad de plantas. La época victoriana también vio florecer esta práctica en el ámbito familiar de la mano del uso de figuras recortadas de temáticas naturales, en su mayoría, destinadas a decorar tarjetas, cartas y diarios personales.

Pero sin duda la época de mayor esplendor de este arte se produjo durante el período Cubista “sintético”,  en el cual, mediante los trabajos du sus principales exponentes, Braque y Picasso, el collage se convirtió en un medio que permitía diseccionar partes de la realidad e incrustarlas en el lienzo como si mediante la utilización de retazos de madera, telas o plásticos, se pudiera acercar más aún la obra al elemento representado.

Casi al mismo tiempo también, el movimiento Dadaísta se apropió de esta técnica en un intento por redefinir el concepto de arte en los albores de la era moderna y encontraron a través del collage una nueva forma de hacer frente no sólo a las consecuencias lamentables derivadas de la Primera Guerra Mundial, sino también las normas y formas de vida imperantes en aquella época poniendo énfasis en cuestiones como por ejemplo  el rol de que debía ocupar la mujer dentro del entramado social, para lo cual fue fundamental el aporte en este área de la artista alemana Hannah Höch (1889 – 1978).

El surrealismo, por su parte, continuó con este lineamiento y amplió el horizonte al incorporar texto en primer plano y a la altura de la imagen,  destacando en obras como las collage novels de Max Ernst.

Max Ernst

El Pop Art, por otro lado, llevó la técnica a una nivel masivo y comercial a lo largo de la década del ’50 abordando, sin embargo, una crítica sobre la cultura estandarizada promovida por la industrialización, la producción en masa y el estilo de vida consumista. 

Uno de sus exponentes más laureados, Richard Hamilton, explotó al máximo el uso del fotomontaje a través del cual canalizó una crítica feroz a la insulsa y estereotipada vida de la clase media británica, que parecía sacada de un comercial.

Pero el collage no es algo que haya quedado relegado a una época pasada de experimentación artística, sino más bien una práctica que se ha ido amoldando a lo largo del tiempo a la luz de los avances tecnológicos que han permitido, junto con la posibilidad de mejorar la calidad visual de las imágenes, la incorporación de herramientas como el Photoshop, quien hoy se despunta como la entelequia  fundamental a partir de la cual el artista, al tiempo que descompone fragmentos de realidad para remixarlos y exponerlos de nuevas maneras, crea otras instancias de probabilidad en las que ayudado por la imaginación, abre el debate acerca de la posibilidad de proponer cambios en diversos planos de su realidad más próxima. Y es así que gracias a su capacidad infinita de mezclarse con distintos géneros y prácticas y de adaptarse a una inmensidad de relatos y discursos, el collage resignifica otra práctica fundamental de la era de la información que habitamos: la hipertextualidad.

De esta manera, y a partir de las diversas vertientes que contribuyeron a la práctica del collage, esta técnica nacida hace más de 2400 años como una mero pasatiempo decorativo se convirtió a lo largo del tiempo en un medio de descomposición, estudio y aprehensión de la realidad a través del cual reinterpretar y combinar su pluralidad de significados, haciendo la revalorización de objetos, discursos y trabajos descartados a los que ha permitido dotar de nuevas vidas, usos y finalidades en el afán por enriquecer aún más la complejidad del mundo a su alcance.

¡No quiero encender mi cámara!

Por Rocío Cerca

Mientras el homeoffice y el homeschooling se convierten en la nueva normalidad hogareña, una nueva fobia se instala en la también nueva modalidad home-session del psicoanalista: el terror a las videoconferencias. Y es que ante la imposibilidad de hacer acto de presencia en la oficina laboral o en el salón de clase, la videoconferencia por Zoom se convirtió en el nuevo punto de encuentro  a la hora de contactar con el jefe o asistir a una cátedra de la facultad.


Sin embargo, pese a que para muchos esta nueva posibilidad de quedarse en sus casas y aprovechar el tiempo perdido diariamente en viajes es un lujo que no cambiarían por nada, para otros, el hecho de tener que abrir su espacio personal a los desconocidos se convirtió de una noche a la mañana en una pesadilla.
Desde la incomodidad de tener que encontrar un espacio “presentable” de la casa que mostrar al jefe hasta la ansiedad que genera tener que aparecer uno mismo frente a la cámara, la nueva modalidad de contacto que nos podemos permitir en medio de esta pandemia suscita tanto rechazo como adhesión.

Lo cierto es que aunque para algunos resulte normal posar ante su celular, para otros, el sentimiento de estar frente a un aparato escrutador que graba cada pequeño movimiento y sonido, el sólo hecho de pensarlo genera un nivel de ansiedad y estrés que hace que enfrentarse a este tipo de situaciones resulte un calvario.


Porque no todos estamos acostumbrados a la exposición, aunque más no sea para para charlar unos cuantos minutos con otro. Pareciera que la obligación de tener que estar frente a una cámara exacerbara el tedio que implica tener que sociabilizar en la vida real cuando sucede que no somos tan dados para la charla como sí lo puede ser otra gente. 
Mantener una conversación por videollamada puede resultar mucho más molesto aún cuando tenemos que repetir una y otra vez lo que estamos diciendo porque el internet se corta o no logramos hacernos entender cuando las voces se interponen. Ni hablar cuando nuestra imagen queda congelada en una mueca imposible que pareciera intensificar aún más cada una de nuestras imperfecciones.


No obstante, este tipo de “molestias” son insignificantes comparadas al hecho de tener que asistir a una charla desde nuestra casa cuando el ambiente allí no es propicio para poder expresarse libremente ya sea porque en casa están los hijos o porque vivimos situaciones de violencia o presión que dificultan muchísimo el poder siquiera estar de ánimo para hablar con alguien más.
No, las charlas de zoom no son para cualquiera, aunque pareciera que se han convertido en un mandato. ¿Acaso no se puede utilizar la llamada telefónica como se hacía en la era pre-internet? ¿Es necesario tener que hacer una videollamada para todo?


Sin duda y pese a que ya han pasado varios meses desde el comienzo del confinamiento obligatorio, aún continuamos adaptándonos a las nuevas maneras de relacionarnos tanto en persona como en la vida virtual, por lo que vale la pena reflexionar acerca de cómo estás nuevas formas impactan en nuestra vida diaria para lograr que la dificultad de tener que acomodarse a este estilo de vida que nunca imaginamos sea lo menos doloroso y estresante posible mientras tratamos de encarar una solución para que la continuidad de nuestro trabajo y educación retome un curso lo más parecido que se pueda a lo que era antes.

El poder olvidado de la poesía

    

“Siempre tuve una fuerte preferencia por las obras de arte en las que el artista estaba motivado por la necesidad de hablar (cualquiera sea el medio) de lo que profundamente lo movilizaba, ya sea por culpa o por elogio”, confesó la poeta Denise Levertov en una carta a su congénere Robert Duncan.

Y entre la diversidad de medios posibles fue la poesía el camino elegido por la inglesa para plasmar

Denise Levertov

temáticas como la violencia, el amor, la política o incluso cuestiones teológicas; aunque frente a la rivalidad histórica fomentada por sus detractores más aviesos, el género haya quedado relegado desde siempre al rincón del olvido de cara a su eterna contrincante y ganadora más laureada, la prosa, acusada de ser un medio limitado expresivamente hablando, elitista y cuando menos infantil.

Sin embargo, la supervivencia misma del género y la lucha inclaudicable de sus defensores y escritores más reconocidos ha demostrado que la poesía es un espacio en el que uno puede zambullirse como dentro de un océano de significados y explorar la más diversas temáticas sin tener que privarse por ello de la reflexión, acción que sólo pareciera plausible dentro de la extensión facilitada por la prosa.

El mismísimo Octavio Paz escribió alguna vez que “la poesía es la perpetua tensión del poeta hacia un absoluto del lenguaje, en la esperanza de cautivar la realidad, lo efímero, eso mismo que se desvanece en el momento en que uno lo piensa (…)” y es que el verso pareciera guardar en sí mismo esa especie de poder que le permite catalizar súbitamente el sentimiento del momento, aquello que se debe decir de manera urgente y que quema en el interior aunque esto no implique necesariamente que aquello que se dice esté despojado de cualquier razonamiento o instancia reflexiva, sino más bien que el decir va acompañado de un sentir por parte de quien escribe que enriquece el contenido ampliando la posibilidad de alcanzar al interlocutor más allá de su capacidad de razonamiento.

Porque, ¿cuánto hay que no se entiende más que por medio de las razones del corazón y escapa de los límites de la lógica o la matemática?

Es por todo ese universo que crea más allá de lo concreto y palpable a simple vista que la poesía y su plasticidad permiten conocer, aunque no toda su vida, al menos la percepción de su autor, su aproximación al mundo, su modo de sentir y de significar, y gracias a ello también su sensibilidad para abordar distintos aspectos de la realidad tanto interior como exterior.

En su ejercicio inquisidor la poesía escruta el interior del artista como si revolviera sus tripas en busca de aquel sentimiento genuino a través del cual canalizar lo que se intenta decir. Y aunque su finalidad no sea en sí misma metafísica, algunos autores así lo creían, tiende un puente cimentado por la empatía.

El sentimiento, por lo tanto, lejos de remitir a lo infantil, a lo inocente o a lo despojado de seriedad encarna en este género el medio a través del cual lo que se dice se transforma en verdadero porque es sobre su base donde se edifica la identidad de quien trasmite su palabra.

En palabras de E. E. Cummings: “Casi cualquier persona puede aprender a pensar, a creer o a saber, pero a ningún ser humano se le puede enseñar a sentir. ¿Por qué? Porque cuando sea que pienses, creas o sepas, eres mucha otra gente más: pero en el momento en que sientes, no eres más que tú mismo.”

Pero… ¿puede existir entonces la poesía ficcionada en el sentido más simple de la palabra, en tanto relato creado con un fin meramente estético? Claro que sí y no por ello queda anulada su esencia, el vínculo profundo entre el sentimiento y la percepción del que dice.

Y es por esta razón que palabra y sentimiento se convierten en elementos intercambiables para el artista, quien conjuga vocablos como si tomara colores de una paleta infinita para luego arrojarlos sobre el lienzo blanco.

Cada color, cada sentimiento, cada figura empleada se convierte en una herramienta más con que matizar la complejidad que el artista experimenta con tanto con los sentidos como con los ojos del alma.

¿Y quién es el artista?: todo aquel que se atreva a crear, todo aquel que se anime a hacer uso de las palabras dotándolas de sentido, apropiándose de ellas, estirando sus límites, doblándolas, recortándolas, mezclándolas para luego arrojarlas al universo de significados en el cual el lector se sumergirá en busca de una aventura, de un amor imposible, de un rato de diversión o simplemente en busca de una compañía que lo anime a él mismo comenzar de nuevo el proceso creativo.

Vivir en la nube: cómo la red moldea nuestros hábitos

Vivir en una nube es la metáfora que mejor describe nuestra existencia en la era de la información actual.Atravesados por el paradigma de Internet con sus consecuentes conexiones ubicuas, y convertidos en una masa de piel, huesos y datos, las nuevas tecnologías moldean nuestra conducta tanto pública como privada. El teléfono celular se ha convertido en una extensión de nuestra mente: pensamos de manera menos profunda a como lo hacíamos cuando no existían notificaciones que interrumpieran todo el tiempo nuestra atención, el beneficio de la hipertextualidad, característica fundamental de la web interconectada, tiene su contrapartida en el hecho de que buscamos información salteando de una página a la otra sin detenernos a reflexionar demasiado sobre lo que leemos y lo que es peor aún, nuestra capacidad para retener información es cada vez menor debido a que contamos con la ventaja de poder acceder a las fuentes tantas veces como nos haga falta sin necesitar memorizar absolutamente nada.
Similares cambios ocurren con nuestra manera de almacenar recuerdos y no es una novedad: tal vez les resulte conocida la sensación de no saber si lo que recordamos constituye algo que vivimos en carne propia o en verdad es algo que leímos o experimentamos por intermedio de las redes sociales.
Internet es una especie de paraíso que lo tiene y lo contiene todo, pero al mismo tiempo puede ser tan volátil como para hacer desaparecer en un segundo nuestras más frágiles memorias, aquellas que confiamos sin pensarlo a las redes de almacenamiento en línea.
Google Photos, Amazon Cloud Drive o Dropbox son algunas de las aplicaciones que trackean día a día cada momento que capturamos con nuestras cámaras y en un abrir y cerrar de ojos, e incluso sin pedirlo, hacen collages con nuestras imágenes, mejoran su calidad o nos recuerdan aquellos momentos que la app considera que deberíamos “revivir”.
A simple vista, ante tantos beneficios y posibilidades, a veces suele opacarse el lado menos ventajoso del “cloud storage” y que implica que no siempre tenemos total control sobre nuestros propios archivos: cada aplicación, en un intento por “solucionarnos la vida” los ordena, reúne u oculta bajo criterios propios, al tiempo que las posibilidades de manipular toda esa data por nosotros mismos se vuelve un trabajo, cuanto menos, bastante estresante y complejo.
Es así que con tantas facilidades al alcance de la mano y almacenadas en un único dispositivo, con el tiempo perdimos, por ejemplo, esa vieja costumbre de pasar una tarde entera mirando las fotos viejas en el álbum de la familia mientras reforzábamos vínculos y rememorábamos en compañía de otros.
Hoy en día nos sacamos decenas de fotos en apenas unos pocos minutos para elegir luego las más apropiadas y subirlas a la red del momento en un acto que cada vez se vuelve más solitario y narcisista. La espontaneidad, la frescura y la picardía de las fotos de antes se pierde en una marea de producciones esforzadas, pasadas una y mil veces por el tamiz del corrector.
Pero hay tanto que mirar, tantos paisajes, caras, desayunos, poses, que nuestros ojos pasan a convertirse en una especie de escáner que recorren imágenes prácticamente sin asimilar contenido. Y el culpable de este acto ya cuasi vicioso que adoptamos: el scroll infinito, esa función que tienen la mayoría de las redes sociales que nos impide controlar el deseo de seguir chequeando qué más hay de nuevo en nuestro feed.
Y todas esas imágenes que producimos, los videos de nuestra ceremonia de graduación, el cumpleaños de algún amigo, quedan relegados en una caja virtual que creemos está en nuestro celular, pero que en realidad viaja compresa en un montón de ceros y unos por alguno de los intersticios de la red para ir a parar a un servidor que no tenemos idea en qué parte del mundo se encuentra. Ya no nos preocupamos por guardar y conservar nuestras memorias, el software de nuestro teléfono lo hace por nosotros y con cada nueva herramienta que nos facilita el día a día vamos perdiendo los más simples hábitos
Mientras tanto, casi por arte de magia, toda esa masa de datos en la que se convierten nuestros recuerdos, pueden desaparecer por medio del olvido de una contraseña, la pérdida de nuestro celular, el cambio en los términos y condiciones de una aplicación o la desaparición de una empresa de software o storage. Adiós a todas esas fotos que nunca imprimimos con esa abuela que ya no está. Los únicos recuerdos gráficos de ese tiempo junto a nuestros seres queridos han desaparecido y no parecen haber herramientas a las que recurrir para poder salvarlos sin necesidad de recurrir a alguien con experiencia en el tema, si es que existe algún tipo de salvación para tamaño desastre.
Con cada nueva aplicación o herramienta, Internet termina por modificar no sólo nuestras formas de comunicarnos sino nuestros hábitos e incluso algunos de nuestros procesos biológicos sin que apenas alcancemos a darnos cuenta. Y en medio de todos esos cambios a los que nos adaptamos cada vez con más rapidez nos vamos acoplando también a una existencia que transcurre en red, conectados prácticamente el 60 por ciento de nuestro día a un mundo que recobra vida cada vez que desbloqueamos la contraseña de nuestro teléfono por el que ya no llamamos porque esas otra de las prácticas analógicas a la que nos hemos ido desacostumbrando.

El otro virus que acecha: el miedo

En las últimas semanas el mundo, como lo conocíamos, ha cambiado completamente. La vida de millones de personas ha sufrido un impacto sin precedentes y en el medio, antes de lograr entender lo que nos ha estado ocurriendo, nos hemos visto obligados a readaptar nuestra cotidianeidad en un contexto de aislamiento, de transformación de la rutina diaria dentro de nuestras propias casas y de cambios impensados en lo que respecta a nuestro trabajo y economía personal. Hoy, quien cuenta con la posibilidad, ha trasladado el trabajo a casa y quien no, vive con incertidumbre y desesperación cada día de aislamiento obligatorio, temiendo no saber si con el fin de la cuarentena podrá retomar sus actividades.
En los últimos días una diversidad de realidades se han visto trastocadas y se ha resignificado la mirada del mundo e incluso de nosotros mismos sobre un montón de aspectos que a diario ignoramos y damos por sentado: nuestras rutinas diarias, el contacto con los otros, nuestras relaciones laborales y hasta incluso, el contacto con la familia.
El distanciamiento social y consecuentemente el aislamiento de nuestra vida como era antes ha chocado de frente con cambios tan imprevistos que resulta complejo comprender y siquiera ponerse a pensar en la magnitud de lo que está ocurriendo y las implicancias de estas transformaciones en nuestras vidas.
Lejos de cualquier posibilidad de pronosticar el mundo que se avecina luego de que la pandemia de Coronavirus acabe, la única certeza ante tanta incertidumbre es la de que nada volverá a ser como antes y que, por los próximos meses, la evolución luego de esta terapia intensiva a la que hemos sido sometidos será paso a paso.  
Sin embargo, mientras dura esta emergencia, un viejo y mal conocido compañero se ha colado de repente en nuestras vidas: el miedo, o para precisarlo mejor, la ansiedad que genera la incertidumbre que vivimos y que nuestro cerebro interpreta como miedo.
Casi como otro virus más, el miedo se ha transformado en una infección que va ganando terreno a medida que los días pasan y no hay certezas acerca de lo que vendrá.
Las facetas de este virus son múltiples: miedo al contagio, a perder a seres queridos, hacia el rumbo que tomará la economía, a no saber qué sucederá al día siguiente: el miedo ataca por todos los flancos y es difícil escaparle sin recurrir a la exigencia de mantenernos ocupados la mayor parte del día con nuevas rutinas o entretenimientos que nos hagan olvidar, a fuerza de cierta enajenación, de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Y lo cierto es que la relación con eso que llamamos miedo, que es tan humano y viejo como el mundo nunca nos ha sido fácil, y contextos como guerras, desastres naturales, o la actual pandemia del Covid – 19 ha complejizado aún más la manera en cómo lo manejamos.         

                                                            
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¿De dónde viene eso que sentimos y tanto nos asusta?
Lo que sentimos en contextos como el actual es una mezcla tanto de miedo real, como puede ser el temor al contagio, y que proviene de un triángulo de neuronas conocido como amígdala lateral, que analiza los estímulos provenientes desde el exterior en busca de amenazas para, en caso de ser necesario, activar la amígdala central, encargada de poner en funcionamiento los mecanismos de defensa de nuestro cuerpo; como de principalmente ansiedad, una respuesta anticipatoria a pensamientos o preocupaciones acerca de qué podría ocurrirnos en el futuro.
Esa preocupación excesiva con la que nos levantamos y la que apenas nos deja dormir por las noches es el cóctel explosivo que se activa de manera exponencial en contextos de incertidumbre en los cuales no sabemos de qué manera actuar frente a acontecimientos que se escapan a nuestra capacidad de comprensión y análisis.
Como escribió alguna vez Zygmunt Bauman en su libro Miedo líquido, “(…) el miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin hogar ni causas nítidas, (…) cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible de ver en ningún lugar concreto.”

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Girar una y mil veces en la cama, caer en una espiral de pensamientos que parecieran hundirnos vertiginosamente en un agujero negro o despertarnos con una sensación de vacío existencial frente a todas aquellas tareas, relaciones, objetivos que desatendimos antes mientras estábamos ocupados vaya uno a saber en qué, son sensaciones con las que el aislamiento, la soledad y la evaporación del tiempo y sus horarios nos han dado de narices. Incluso aquellos que podían jactarse de ser portadores de un temple de hierro notan con el correr de los días que algo se ha salido de su eje: la ilusión de control sobre nosotros mismos y sobre el mundo ha demostrado ser no más que eso, una ilusión que no ha llegado a ser siquiera efímera porque en realidad no existe.
La vulnerabilidad de la que comenzamos a percatarnos, la pérdida de esa mínima sensación de control es alimentada constantemente por comunicaciones que nos llegan por medios masivos, redes sociales y a través de mensajes de texto. La tragedia se vuelve más trágica aún en la pantalla del celular a todo color y sonido, las cifras de decesos aumentan con cada artículo que leemos y el desastre no parece tener fin. Miramos por la ventana impotentes, desalentados, tratando de buscar culpables: la enfermedad ha tomado otra parte de nuestro sistema y se torna difícil distinguir lo real de lo que no lo es, las preocupaciones se nos vienen encima como un tornado que convierte toda emoción en histeria.


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Hay una frase erróneamente atribuida a Albert Camus que reza: “lo peor de la Peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser algo horroroso.” El miedo que hoy nos infecta a todos por igual, más allá de los estragos reales que está causando el coronavirus en la salud mundial, es una enfermedad tanto o más infecciosa que esta última porque moldea nuestros comportamientos y modifica nuestra percepción sobre el mundo y sobre los otros,  por lo que es fundamental prestar especial atención sobre la injerencia que este contexto está proyectando sobre nosotros ya que de nuestras acciones, de nuestra solidaridad y de nuestra capacidad de no dejarnos manipular por quienes están un paso delante nuestro dependerá que la sociedad logre salir adelante con el menor daño posible.

Prisioneros del virus: el drama de quienes volvieron del exterior y se vieron obligados a aislarse en hoteles de la Ciudad

La expansión del coronavirus a nivel mundial se ha convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en una catástrofe que ha afectado sin igual la vida de millones de personas alrededor del mundo. Con cifras que superan el millón de contagios y más de cincuenta mil muertes confirmadas a la fecha, el miedo se ha instalado en cada rincón del planeta alimentado por el aluvión de noticias que dan cuenta de los estragos que ha comenzado a generar la pandemia en la economía mundial.


La incertidumbre se ha vuelto la única certeza en medio de una realidad que cambia minuto a minuto en base a las medidas improvisadas de los organismos gubernamentales, que incluso en los países más desarrollados, se encuentran hoy ante un panorama impensado y de difícil análisis, lo cual no hace más que demostrar la falta de previsión y el total el descuido de sus sistemas sanitarios y de control.
Argentina, especialmente golpeada por la pandemia debido a la crisis económica preexistente desde hace varios años, supo tomar con cierto tiempo las medidas necesarias para evitar un despliegue masivo de contagios cuando decretó una cuarentena a nivel nacional el 20 de marzo y la prolongó luego hasta el 12 de abril.


Sin embargo, la vertiginosidad del contexto derivó en una serie de medidas que, acompañadas de (nuevamente) falta de previsión, pusieron en vilo la vida no sólo del país entero, sino también de aquellos que por disposición del gobierno se vieron obligados a permanecer aislados en distintos hoteles de la ciudad donde se encuentran varados desde hace varios días a la espera de una respuesta acerca de qué va a pasar con ellos.


Se trata de cientos de personas que se encuentran actualmente bajo el “Protocolo de manejo de individuos provenientes del exterior” puesto en marcha por el gobierno de la Ciudad.
Tal es el caso de Denise, que salió del país el 07 de marzo con ilusiones de recorrer Europa junto a su pareja en un contexto en el que virus recién comenzaba a dar señales de alarma y entre la sociedad circulaba la información de que la enfermedad sólo afectaba a grupos específicos de riesgo y adultos muy mayores.


Denise, qué no imaginaba la desesperación que viviría los próximos días, tomó los recaudos necesarios y, armados de alcohol en gel e informados de las medidas necesarias para evitar contagiarse, emprendió viaje a Barcelona junto a su pareja donde pensaban pasear dos días antes de seguir viaje a Praga.

España, hoy el segundo país de Europa con más contagios luego de Italia, no previó la crisis que viviría apenas dos semanas más tarde, por lo que, al momento de llegar, la pareja se encontró con un clima social normal ya que la gente circulaba con normalidad en negocios, museos y lugares abiertos.


Fue así que tras un fugaz paso por la ciudad española y poco tiempo después de arribar a República Checa, la pareja se enteró del cierre de fronteras dispuesto por el presidente Fernández en el país y de forma casi inmediata recibieron un mail de Iberia, la aerolínea que habían contratado para regresar días después, que les anunciaba la cancelación de su vuelo y les ofrecía a cambio un bono que según indicaba, podrían usar como crédito en otro pasaje antes de fin de año.


Sin saber muy bien qué hacer ante la falta de información sobre cómo continuaría la situación en general y dado que en Europa del este aún no se registraban gran cantidad de casos ni se habían tomado medidas concretas, decidieron acercarse al consulado argentino en Viena, Austria, para asesorarse.


Ante su duda sobre qué hacer, si volverse o no inmediatamente a Buenos Aires, en el consulado se encontraron con la desazón en la que comenzaba a sumirse el mundo a nivel global: las autoridades no estaban al corriente del protocolo a seguir en una situación semejante, por lo que les aconsejaron regresar cuanto antes y les ofrecieron la opción de acudir a la repatriación a través de Aerolíneas Argentinas, para la cual se veían obligados a comprar un pasaje que oscilaba entre los 500 a 1000 euros en algunos casos, ya que el trámite de regreso al país no fue gratis para ningún argentino.


Sin alternativa dado que no contaban con el dinero para costear los pasajes y ya tenían la ruta de viaje paga, siguieron su camino a Budapest, Hungría, donde insistieron en cancillería en busca del consejo que no había podido aportarles el consulado. Mientras tanto, cada país al que ingresaban cerraba sus fronteras o incrementaba medidas restrictivas haciendo que todo cambiaba de un momento a otro.
Sin embargo, cancillería tampoco logró resolver sus dudas y la única medida que dispuso fue la de sumarlos a la lista de argentinos varados en ese país, que según pudo saber, ascendía a más de veintitrés mil en ese momento.


Tras pasar cinco días en Budapest, primer estado donde comenzaban a tomarse medidas de aislamiento con el consecuente cierre de comercios y distanciamiento social, partieron como tenían planificado a Madrid donde inicialmente pensaban pasar algunos días, y sin pensarlo más se acercaron de inmediato a las oficinas de Iberia en el aeropuerto de Barajas tras intentar contactarse en reiteradas oportunidades con Aerolíneas Argentinas que no contestó sus llamados ni mensajes sino hasta siete días más tarde. 
Hasta entonces, las redes sociales y los grupos que iban surgiendo de argentinos varados en distintas partes del mundo eran el único medio por el cual canalizar la incertidumbre y desesperación que manejaban por no saber qué hacer en un contexto en el que no había nadie a quien recurrir.
Fue así que, por una especie de suerte en medio de tantas noticias negativas y complicaciones, lograron que la empresa les reconociera su pasaje y los ingresara en un vuelo que los traería

de regreso a Buenos Aires la mañana siguiente.
Aún con la posibilidad de hospedarse en la casa de una amiga que vivía en Madrid, decidieron pasar la noche en el aeropuerto por miedo a salir y no poder volver a ingresar, y entre cientos de personas que parecían esperar hace varios días poder regresar a sus casas, esperaron varias horas con la única posibilidad de alimentarse de las máquinas expendedoras habilitadas, ya que absolutamente todos los comercios se encontraban cerrados.


Para ese entonces Europa comenzaba a decretar las primeras medidas que establecerían el aislamiento social, la cancelación de vuelos y el cierre de negocios y hoteles, lo cual dificultaba la situación de miles de turistas que se quedaban en medio de la nada, sin lugar donde hospedarse ni proveerse de comida aunque contasen con dinero para permitírselos. La situación se volvía a cada momento más apremiante y en el camino no faltaron quienes se aprovecharon de la desesperación ajena para sacar rédito económico al solicitar sumas por mucho elevadas en términos de pasajes u hospedaje.


No fueron horas fáciles ante tanta ansiedad, pero finalmente lograron embarcarse para arribar al país al día siguiente. Creyendo que lo peor ya había pasado y que de ahora en más los esperaban dos largas semanas de cuarentena preventiva en su casa, al llegar al aeropuerto de Ezeiza todo volvió a complicarse: luego de aterrizar y llenar la famosa declaración jurada impuesta por el Ministerio de Salud, se resolvió que todos los pasajeros residentes en la provincia de Buenos Aires o en el interior del país podían retirarse a sus casas sin mayores inconvenientes, mientras que los que tenían residencia en la Ciudad debían esperar y hacer una fila para que se les tomara la fiebre y se evaluara su situación.


Mientras esperaban impacientes, gente del gobierno les informó que por una medida preventiva estaban obligados a hacer la cuarentena en un hotel que les asignarían independientemente de si tuvieran o no un departamento donde poder aislarse. La disposición, que parecía elocuente para evitar el riesgo de que alguno rompiera el aislamiento, fue tomada por la pareja con resignación pero sabiendo que no había otra cosa que pudiera hacerse, así que de allí trasladaron a todos los pasajeros de su vuelo al hotel Grand View, ubicado en barrio de Balvanera.


En el hotel se remitieron únicamente a tomarles sus datos personales y los destinaron a una habitación donde comenzaría un aislamiento que más que una cuarentena terminó por convertirse en una prisión: desde el momento mismo en que ingresaron y pasados siete días a la fecha de escribirse esta nota, tanto Denise y su pareja como el resto de los pasajeros que regresaron en su vuelo han perdido absoluta noción de lo que ocurrirá con ellos en los próximos días.
Denise comenta con indignación y cierto grado de desesperación que desde que fueron alojados allí ninguna autoridad se acercó para explicarles cuántos días debían de permanecer aislados pese a no presentar síntomas, ni tampoco les comentaron las implicancias reales del protocolo activado por el gobierno de la Ciudad con el que le costó mucho hacerse, dado que fue publicado varios días después de su ingreso en cuarentena.

La pareja reclama el abandono al que se han visto arrojados y el incumplimiento de dicho documento, que aclara, que si bien deben permanecen sin contacto exterior, tienen derecho a que un familiar pueda acercarse para llevarles ropa o medicamentos necesarios.  Sin embargo, desde la recepción del hotel insisten en que esto no es posible.


Pero la falta de información y de acceso a elementos necesarios no son el único problema con el que lidian a diario, la desatención y hasta el mal trato por parte del poco personal del hotel con el que tienen contacto es moneda corriente. La atención médica prácticamente no existe: recién al tercer día les dejaron un termómetro en la puerta para que pudieran tomarse la fiebre y al séptimo se puso en contacto una enfermera por teléfono para saber si se encontraban bien o habían presentado algún síntoma.


Por suerte para ellos la atención de un profesional de la salud no ha sido necesaria, pero según pudieron enterarse, en otras habitaciones convive gente que sufre de ataques de pánico y taquicardia, que realmente la está pasando mal en su confinamiento y no ha recibido más que un llamado telefónico de un médico que por toda ayuda les ha recetado un clonazepam sin ninguna consideración de patologías preexistentes o tolerancia a este tipo de medicación. La contención psicológica, de más está decirlo, tampoco existe.


La situación que viven a diario es síntoma de lo que ocurre fuera: la falta de información, de criterio unificado a la hora de tomar decisiones y el miedo al contagio, ha sumido a la gente en una paranoia que ha alterado el humor social y que como consecuencia se traslada especialmente hacia ellos en la pésima atención que reciben y en el rencor de quienes los culpabilizan en redes sociales por haber viajado al exterior y “poner en peligro a la población”.


Sin embargo, lejos de transcurrir este tiempo de aislamiento en tranquilidad, se han convertido también ellos en víctimas del destrato y del accionar precario del Estado, y lo que los de afuera ven como unas vacaciones soñadas en un hotel de lujo, en realidad se ha convertido en una prisión de máxima seguridad que ha bloqueado todo contacto con la realidad: por estos días el único alivio ante tanta desazón ha sido el grupo de Whatsapp que Denise ayudó a crear luego de ir contactando habitación por habitación a todos los varados.  En total son más de treinta personas que comparten información de lo poco que se pueden enterar del afuera, se dan ánimos y ayudan a que la espera para volver a casa sea un poquito más amena.

JOKER: retrato crudo del mal social

A dos semanas de su estreno, y con un público que está colmando las salas de los cines en todo el país, el Joker interpretado por Joaquín Phoenix tiene asegurada su consagración como la película del año y no son pocos méritos a contar: desde la increíble y versátil interpretación del actor, el nivel de calidad fotográfico y de dirección, hasta la elección de las escenas y la propia música, cada aspecto de esta producción cinematográfica despunta un nivel de calidad y cuidado descomunal.

En esta película no hay elemento que pueda analizarse de manera aislada, desde el vestuario, los silencios y hasta las más inadvertidas escenas funcionan como un todo que configuran una significación y una profundidad a la que el cine nos tenía desacostumbrados.

El Joker de Todd Phillips no es una comedia, no es la versión personificada y real de un personaje de ficción ni mucho menos una película para pasar el rato: es el retrato crudo y fatalista de una realidad que todos conocemos y estamos acostumbrados a ignorar. Si hay algo que distingue a esta cinta de cualquiera de las producciones fílmicas basadas en cómics es que su personaje principal, el harto conocido Guasón, es más que un simple villano y al mismo tiempo las complejidades que lo atraviesan lo hacen tan real, que tranquilamente su lugar podría ser ocupado por cualquier ciudadano marginado de la vida real, para quien no es ajena la intolerancia, el desprecio y el abandono con que este personaje se cruza a diario.

Arthur Fleck es la fiel personificación de la desesperación, el estado al que está condenado a vivir el enfermo mental. Marginado dentro de un sistema social que no lo hace partícipe, deambula por las calles tratando de ganarse la vida haciendo de sí un chiste del que los demás se mofan. Tiene, como todos, sueños que persigue y que sólo puede alcanzar en las fantasías que idea en su mente, su único refugio frente a la hostilidad exterior y al mismo tiempo el origen de todos sus males: el Joker, antes de ser el Joker fue un niño golpeado, abandonado y engañado. Criado por una madre esquizofrénica que miraba hacia un costado frente a los abusos a los que de pequeño era sometido, creció con la idea de que su risa histérica e incontrolable, había sido producto de una lesión cerebral congénita y que pese a la sordidez y desolación que lo rodeaba, siempre debía poner en su rostro “una sonrisa”.

La perturbadora risa de este personaje, tan bien lograda por el actor, lejos causar comicidad inquieta la mente del espectador, al punto de producir temor, miedo, desesperación ante la fragilidad representada en la imagen. Joaquín Phoenix encarna el más crudo abandono al que son sometidos los enfermos mentales y ya no sólo desde la perspectiva económica que siempre ha afectado el progreso de esta comunidad, aferrados a las dádivas del partido político de turno, sino al abandono mismo de la propia institución psiquiátrica, que como bien criticaba Michel Foucault en “Enfermedad Mental y Persicología”, insiste en tratar al enfermo mental con los mismos métodos con que se trata cualquier enfermedad orgánica, identificando síntomas, encuadrando dentro de una patología y medicando con pastillas, sin preocuparse por rever e intentar modificar el ambiente que rodea al afectado, lo que hace de este, un ser anestesiado, aislado y sin capacidad de comprender cómo relacionarse con el mundo exterior.

Esta película constituye sin duda un grito ahogado de auxilio, un alarido de dolor en la oscuridad, pero sobre todo un llamado de concientización a la sociedad sobre cómo estamos tratando a los enfermos mentales.

Como reza una de las escenas más crudas del film: “lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente actúa como si no la tuvieras”, porque no nos hacemos cargo, porque no sabemos convivir con ella y porque preferimos ignorarla, pero también porque les exigimos a quienes conviven con estos padecimientos, que actúen “normal”, que pongan su mejor cara y dejen de dramatizar lo imposible: traumas de la infancia, violencias de todo tipo y la cruel ignorancia de quienes esperamos que estén ahí para brindar la contención y el afecto indispensables para sobrevivir.

Más allá del afán taxonómico que se pueda tener al querer encasillar al personaje dentro de tal o cual patología, no es eso lo que importa en sí en la trama de este film, ya todos sabemos que es un ser profundamente afectado y poco importa acertar en el diagnóstico. De hecho, las escenas están construidas con una capacidad de exhortación tal que resulta difícil siquiera juzgar las acciones de cada uno de los personajes sin sentirse uno mismo juzgado. Hay un juego constante y macabro para con el espectador a lo largo de todo el film, una provocación, una inquietud latente que hace que cada vez que se oye aquella perturbadora risa nos sintamos incomodados y queramos callarla como cuando queremos alejarnos del que habla solo por la calle.

Arthur Fleck se convierte en “el malo” de la película cuando es una vez más abandonado, tirado a la calle sin el amparo de un especialista y sin sus pastillas, cuando vuelve a sufrir la traición y la mentira por parte de su única familia, cuando es decepcionado y burlado una vez más frente a la vista de todos, es el hombre indicado en el momento equivocado. No es el personaje de William Foster en Un día de Furia, porque Fleck no conoce otra cosa más que la furia contenida, la impotencia y la infelicidad perpetua. Es simplemente un ser humano frágil y desolado que camina al filo de la cornisa, entre la cordura y la locura extremas, entre el bien y el mal: sólo le basta un golpe, un disparo o un cuchillazo que lo ponga en evidencia frente a la sociedad que a diario lo pisotea. 
“Durante toda mi vida no sabía si realmente existía, pero existo, y la gente ha comenzado a notarlo.”
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En Argentina más de OCHO millones* de personas vivimos bajo la prescripción de algún ansiolítico, antidepresivo o antipsicótico, entre otros medicamentos. Es hora de mirar con conciencia qué estamos haciendo con nuestras vidas y con las de los que nos rodean. Que este film sirva para abrirnos los ojos y reclamar urgente una educación en lo emocional para aprender a vivir mejor en sociedad y ayudar a aquellos que lo necesitan. 
*Asociación Argentina de Farmacia y Bioquímica Industrial (datos de 2018).

Otra vez quiero abrirme la cabeza contra el suelo: así es vivir con ansiedad crónica

Por Rocío Cerca

Una gota imaginaria, pero palpable, rebalsó el vaso en el que pongo en remojo mi cerebro. La medicación dejó de hacer efecto. La montaña rusa comienza de nuevo. Los colores se hacen más brillantes, la luz es tan intensa que apenas puedo soportarla. Miles de pensamientos surfean en en el mar confuso de mi mente a un ritmo frenético. Puedo oír cada pequeño y suave sonido como un ruidoso y molesto estruendo.

En la cabeza, toda clase de punzadas leves y agudas al mismo tiempo, en distintas partes. Parece una escena de Las Cruzadas. Miles de flechas vienen y van.
Por momentos pareciera sentir la electricidad que produce el choque de mis neuronas al hacer sinapsis, puedo sentir la luz diseminarse.

Los movimientos a mi alrededor son fugaces, rápidos, imposibles de descifrar. Mis manos y pies no coordinan de manera correcta, me tropiezo, me golpeo, no logró alcanzar lo que quiero. La piel se vuelve ultra sensible. Me duele rozar ciertas partes con mi propia ropa.

La gente me habla pero no entiendo qué dicen. Veo labios moverse, gestos que parecen esperar una reacción que mi cuerpo no está dispuesto a ofrecer. Oigo sus voces hablándome a lo lejos, no sé si estoy bajo el agua o ellos hablan en un tono que no puedo percibir.

Necesito silencio, ya no me hablen, déjenme sola. 
No sos vos, te juro que soy yo.

Me alejo, respiro hondo. Una y otra vez intento llenar mi panza de aire, pero el estado de aceleración en el que ha entrado mi cuerpo me impide hacerlo correctamente, no logro controlar la hiperventilación: “Tranquila, empezá de nuevo. Inspirá, contá hasta ocho, guardá el aire, andá largándolo de a poco. La gente debe pensar que estoy loca.” Y sí, lo estás un poco. Tal vez bastante. 


La cabeza se me mueve sola, siento que no puedo controlar mis propias expresiones. Giro hacia la izquierda pero siento que la boca ha quedado a la derecha de mi cara, casi flotando a un costado, entre el abismo que me circunda y el diminuto espacio que ocupa mi cuerpo. La adrenalina recorre cada centímetro de carne, las manos y los pies se llenan de sangre. No puedo controlarlos, son como palos, quisiera moverlos pero los siento acalambrados.

Camino como un astronauta y me siento torpe: voy dando pasos inciertos sobre un suelo que no estoy segura que esté bajo mis pies. Me siento flotar sobre la superficie y al mismo tiempo no entiendo cómo hago para mover este peso muerto, rígido, esta bola de nervios en la que se ha convertido esto que soy. Aunque en verdad no sé qué soy, la percepción de mi propia identidad se ha desvanecido. Si el SER se construye a base de recuerdos, de memorias, de experiencias vividas, pienso que ya no existo. La ansiedad hizo destrozos con mi memoria: hay pedazos enteros de mi vida que no recuerdo y tramos que no sé si son verdad o me los inventé para no sentirme tan sola o anormal.

Me miro en el espejo y no puedo distinguir mi cara. Un ojo por acá, otro ojo por allá, la boca rígida en una mueca imposible. Soy incapaz de contemplar mi rostro armado como un todo. Sólo veo partes aisladas de órganos en lo que debería ser mi cara. ¿Esa soy yo? No lo sé, no puedo descifrarlo. Me miro pero no puedo verme. Me desespero. Debo estar volviéndome loca o alucinando.

En mi cabeza escucho voces. En algún punto sé que no estoy pasando por un episodio esquizofrénico. O eso creo. No son voces de otros, son mi propio yo diversificado, una tribuna de múltiples yo que me insulta como si YO, la del cuerpo, fuese del equipo contrario. La tribuna esta por caérseme encima pero no hay nada que pueda hacer, no puedo correr.

Se me va a quebrar el cuello de tanta tensión, lo siento como se siente el caramelo cuando se enfría y se vuelve frágil y quebradizo. Si lo toco, sé que me voy a partir. 
Algo va a estallar, siento el colapso acercarse. Pero no pasa nada. “Esto es una tortura. El miedo al miedo me está matando.”

La tensión es constante, la sensación de desmayo inminente me acecha como un francotirador que espera que me relaje por un momento para disparme y tirarme al piso. 


Un disparo en el medio del cerebro, un rayo que me parta al medio sería bueno… Al menos así dejaría de sentir todo esto.

Me da miedo todo esto que siento pero más miedo me da no sentir nada. Recuerdo el vacío en el medio del pecho, el agujero frío y negro y sé que más miedo me daría volver a sentirme un robot. “Te odio cuando estás ansiedad, pero cuando te vas y me dejás tranquila por un momento, siento que sin vos no soy nada. Siento que algo me falta. Sos como las drogas y YO odio las drogas.”

A veces quisiera atravesarme un cuchillo justo en el medio del cráneo y sacar uno a uno los pensamientos que no me dejan funcionar: “¿Cerraste bien la puerta de casa? ¿Y si la dejaste abierta y entra alguien? ¿Por qué tenías que decír eso, no ves que quedás como una idiota? ¿Por qué será que fulanito me miró así? ¿Habré dicho algo mal? ¿Estaré haciendo bien esto? Mejor lo reviso otra vez, por enésima vez. ¿Y si X se muere? ¿Qué voy a hacer? Es la única persona que más quiero en el mundo y no puede morirse, ¿qué voy a hacer? ¿y si deja de quererme? ¿Cuándo voy a salir de este agujero? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?”

A veces siento que me olvido de cómo funciona un ser humano y necesito que me lo recuerden. A veces el miedo me lleva en una espiral descendente y me olvido cómo hacer para salir de mi mente, es como si no encontrara la puerta con el cartel de EXIT.

Hay días que no hay salida de emergencia habilitada. La habitación se llena de humo y lo único que puedo hacer es agacharme y sobrevivir con el oxígeno que queda a pocos centímetros del piso. El edificio arde en llamas hace varios días y yo estoy ahí, acurrucada en el piso, esperando a que alguien me saque o me pegue un grito que me haga reaccionar.

Me olvido de tantas cosas… Me olvido del afuera, de los árboles, del aire fresco, de reír, de las cosas simples que valen la pena y están ahí esperando a ser disfrutadas.

Por eso pocas veces recuerdo como funcionar como un todo. Ahora soy un cuerpo desmembrado atado con alambres que evitan que los miembros se desparramen. Esto que soy, el alma, los pensamientos, la consciencia de que existo, va junto a mi cuerpo pero en otro plano, flota como un globo atado al tórax, por  encima de mi cabeza. Se quiere ir, como me quiero ir yo de acá, escapar de esto que me pasa. Qusiera salir corriendo a ver si logro dejar atrás lo que me amarra con un ancla al suelo y me deja inmóvil. Quiero correr pero sé que es absurdo, el ancla va conmigo adonde vaya, el ancla está en mi cerebro hundiéndose cada día más, justo en el centro.

Otra vez quiero abrirme la cabeza contra el suelo. “Aguantá, aguantá que ya va a pasar.” Le hablo a mi YO, el que se hizo chiquito y está escondido como un nene bajo la cama, aterrado, presa del pánico. Le hablo con ternura, trato de ser suave y le doy palabras de aliento, pero enseguida me harto y me transformo en monstruo y le grito, y lo insulto, y le digo que me tiene cansada. “Si no fueses tan débil no tendrías que pasar por todo esto. Es tu culpa.” La culpa, otra vez más, la raíz podrida, origen de todos mis males. Maldita culpa. No sé quién te metió ahí en donde estás- o sí – pero ya es hora de que me dejes en paz.

Los ojos me pesan, a veces no hago nada en todo el día pero es como si en un par de horas hubiese vivido mil vidas.

Alrededor todo da vueltas y parece que de tanto pensar, de tanto sentir, de tanto pelear por dentro, la energía se me hubiese acabado por completo. Quisiera tirarme en la cama a dormir y despertar medio siglo  después. Pero hace cinco años que no sé lo que es dormir, mucho menos descansar. 
Sólo me queda cerrar los ojos por un momento y esperar a que todo pase.

Recostada, el mundo deja de girar, al menos por un rato.

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